Montevideo, Jueves 24 de Julio
Primera División
Miércoles, 28 de Septiembre de 2011 13:40

Más allá de cualquier eterna polémica, hoy el Club Atlético Peñarol cumple un nuevo aniversario, llegando  a una cifra simbólica que cualquier persona quisiera alguna vez alcanzar. Los festejos serán esencialmente durante la jornada de hoy, cuando otra noche primaveral sea testigo de un partido cargado de simbolismo, con jugadores que dejaron un recuerdo imborrable en los hinchas. A continuación repasaremos brevemente algo de esa historia, jugadores, clásicos recordados, y a tres codiciosos presidentes que marcaron época en el club y también  en la sociedad uruguaya.


 



Por Ionatan Was

 

 

 

 
Época amateur (1891-1931). “Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera”, reza el dicho. Es que fue en una primavera de 1891 cuando algo más de una centena de hombres (ingleses y uruguayos), empleados de la empresa ferroviaria que operaba en nuestro país en la época, decide fundar el CURCC (Central Uruguay Railway Cricket Club), bajo la presidencia de Frank Henderson, y donde en un principio se practicaba -acompasado con la labor en los trenes- rugby y cricket. Ya desde aquellos tiempos, ante la dificultad de pronunciar tan larga sigla, la gente (en buena parte de baja extracción social) identificó a la institución como “Peñarol”, en referencia a la villa en que se encontraba ubicado el club (‘lejana’ todavía al centro de la ciudad).





En 1892 se toma el fútbol como deporte principal, y en 1900, junto a otros tres clubes -entre ellos Nacional- se funda  la Uruguay Association Football League. Los partidos se anuncian en afiches en la calle, como por ejemplo: “Football - Peñarol versus Albion - Gran Parque Central - domingo 29 de julio - a las 2.15 pm (en punto) - entrada libre - banda de música”. Otras épocas. Ese año del doble cero el CURCC gana el primer Campeonato Uruguayo, incluido el primer partido con Nacional (15 de julio, 2-0). En 1913, por problemas entre la empresa y el CURCC, éste se separa y toma el nombre CURCC-Peñarol, y a principios de 1914 el de Club Atlético Peñarol (el CURCC desaparece en 1915), lo cual es reconocido por la Liga Uruguaya de Football. Ya habían surgido jugadores como el escocés John Harley (el primer gran 5 del club), Carlos Scarone (cuyo posterior pase a Nacional le valdría la reprimenda de su padre José; “¿a qué me iba a quedar, a manyare merda?” le respondió en italiano su hijo: de ahí el mote ‘manya’), José Piendibene (“Piendi”, tal vez el mejor jugador de la época amateur) y estaban por hacerlo Isabelino Gradín y Antonio Campolo.




 
Del profesionalismo al comienzo de la era dorada (1932-1959). Ya habían pasado los dos oros olímpicos y el primer Mundial, donde la supremacía de Nacional en la selección uruguaya era notoria. Aunque Peñarol también aportó lo suyo: Anselmo, Lorenzo Fernández y Álvaro Gestido, más otros dos suplentes, estuvieron en el ’30. El primer torneo profesional queda en manos mirasoles, pero esa década de boinas representada en Severino Varela termina opacada por el rival de todas las horas, que gana cinco campeonatos seguidos entre fines del ’30 y principios del ‘40.




 El gran resurgir de Peñarol aparece a fines de los ’40 con una gran delantera, “La escuadrilla de la muerte” le decían: Míguez, Ghiggia, Hoghberg, Schiaffino y Vidal. El 9 de octubre del ’49 se da el ‘clásico de la fuga’, que los hinchas manyas aducen al ‘miedo’ de los rivales a presentarse al segundo tiempo (tras 2-0). También estaban en aquel equipo Obdulio Varela y Roque Máspoli, conformando la base del Maracanazo. El discurrir de aquella década vería el surgimiento de otros recordados jugadores: Carlos “Lucho” Borges, Julio César Abbadie. Y también Néstor Tito Gonçálvez, quien únicamente vistió esta camiseta entre 1957 y 1970 (571 partidos, récord histórico).




 
De las primeras Copas a la crisis centenaria (1960-1992). La década del ’60 sería la mejor para la institución hasta hoy. Ganó la Libertadores ’60, ’61 y ’66, Intercontinental ’61 y ’66, y se cristalizó el primer quinquenio (58-62), además de marcar una amplia supremacía en clásicos a nivel doméstico.





Había asumido en la presidencia Gastón Güelfi (58-73), el ‘primer’ gran contador y hacedor de la Copa Libertadores. El año más recordado el ’66, con el 4-2 a River en Santiago (20 de mayo) y el 2-0 al Real en Madrid (26 de octubre). Tiempos de Spencer, “Lito” Silva, Joya, Rocha, Cubilla, Mazurkiewicz, Sasía, Forlán...





La década siguiente no traería títulos internacionales, aunque sí algunos locales, pero más que nada a un goleador que quedaría en la historia por sus récords: Fernando Morena (440 goles, récord de goles del club), quien en julio del ’78 le haría siete a Huracán Buceo, por decir algo. Washington Cataldi (73-84, 91-92) ya era el presidente. En los ’80, ya con la vuelta de Morena de España, se conseguiría una nueva Libertadores en 1982, otra vez en Santiago, y luego la Intercontinental. A mediados de los ’80 vinieron dos Uruguayos y muchos problemas, pero en el ’87, con varios juveniles, un Maestro (Tabárez) y otro ‘contador’ (José Pedro Damiani; 87-90, 93-07) vino otra Copa, también en Chile, ahora en el último suspiro y de la mano de Diego Aguirre. También está el clásico del 8 contra 11 (22 minutos así), del 23 de abril del ’87. Después, otra vez los problemas para festejar los primeros cien años, mientras el equipo no encontraba rumbo en la cancha ni en los escritorios.




 
Segundo quinquenio hasta hoy (1993-). En el ’93 a Peñarol llegan al mismo tiempo Damiani (otra vez), Bengoechea y Gregorio Pérez, cada uno en su función. Entre los tres quieren hacer resurgir a Peñarol tras siete años de sequía a nivel local. Logran más de lo pensado, hasta que llega el segundo quinquenio (93-97), incluidos los dos clásicos remontados del ’97 (1- 3 a 4-3, 19 de octubre; 0-2 a 3-2, 5 de noviembre). Lo demás es historia conocida: el nuevo milenio, algún campeonato ganado, y otra vez la crisis (la peor de todas tal vez) que se empieza a revertir de la mano de Gregorio. Y se termina de fructificar con Aguirre, una vez más. Hoy, el que lleva esa llama es Gregorio de vuelta. Porque así lo marca la historia.