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| Una noche en el Goyenola. |
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Ya ni la televisión, ni los diarios, ni las radios del país prestarán demasiada atención a lo que allí suceda, como fue el caso, por ejemplo, de diciembre pasado, cuando Defensor dio en esa misma cancha la última vuelta olímpica del año.
Enclavado lejos del centro, en una zona de viviendas y calles de tierra, el estadio ingeniero Raúl Goyenola asoma desde varias cuadras a la redonda, gracias a su señorial tribuna principal y sus cuatro torres lumínicas, cuya altura supera claramente cualquier edificación circundante. Entonces es fácil llegar al estadio: allí, un solitario sereno, mate en mano, mira no muy preocupadamente quién sale y quién entra, y advierte al visitante de los peligros del barrio, al cual califica de ‘riesgoso’. Antes de ingresar a la tribuna principal, se debe pasar por una zona de tierra y pasto; allí se notan los estragos de la lluvia, y el barro se mete sin pedir permiso en los pies de quien no nota su presencia.
Un pequeño monumento bajo la tribuna principal recuerda el día de fundación del Goyenola: 18 de mayo 1955; cinco años después de Maracaná, y también a veinte de la muerte de Gardel. El estadio no solo recibe partidos de fútbol, sino también puede recibir delegaciones deportivas, o simplemente gente que quiera quedarse en la ciudad y no quiera gastar en alojamiento. Es que adentro del mismo, debajo de la tribuna, se esconde un largo corredor, desde el cual se puede acceder a varias habitaciones, cada una con cuchetas; y al final del mismo, un vestuario donde quien quiera puede bañarse.
Obviamente que no es un lugar el Goyenola para quedarse demasiado: es solo cuestión de dormir y pasar la noche. Y a la hora de salir e intentar comer algo saludable por la zona, no queda más remedio que recorrer varias cuadras de la calle con cantero que pasa por detrás de una de las cabeceras, en medio de la imperturbable soledad de la noche. Entonces uno se puede encontrar con la tradicional hospitalidad de la gente de tierra adentro, y comer alguna pasta casera.
Luego, se debe volver al estadio (ya que las atracciones no abundan): allí el sereno esbozará otra sonrisa de buenas noches, antes de cerrar definitivamente las puertas. Entonces hay que intentar dormir; no alcanza con haber traído una almohada, sino también una frazada, o cualquier cosa para taparse; de otro modo, la noche puede ser muy larga y fría sobre el raído colchón…
…el sol empieza a asomar por el horizonte, y hay que levantarse; las voces de los soldados que durmieron con sus bolsos en el piso suenan estridentes. Es la hora del desayuno compartido. Con el estómago lleno, Felipe, el compañero de viaje del cronista, ensaya un tour por la propia tribuna del estadio tacuaremboense, acaso recordando las veces que menciona haber ido a trabajar allí: el palco, las cabinas, los asientos, el tejido y el propio campo de juego. Pero la imagen no es la mejor, como lo demuestra un césped lleno de agua que ya no es tal y cuyas líneas blancas parecen haber desaparecido hace rato. Al igual que el fútbol del equipo del Norte, cuyos hinchas ya claman por un rápido regreso a Primera. |