| Olivier Viera |
| Domingo, 18 de Julio de 2010 19:18 |
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Lenta y paulatinamente se apagan los ecos del Mundial, dejándonos a los uruguayos un dulce sabor. Llegará el tiempo de análisis más o menos profundos. Llegará el tiempo de las comparaciones entre este pasado reciente y el inmediato futuro. Estamos presenciando esperanzados discursos llenos de proyectos sostenidos en el aire. En tanto esa enorme cantidad de expresiones de deseo toman forma, aún parece haber cierto espacio para otro tipo de comentario. Particularmente en torno a la labor arbitral. Hemos de precisar que se avanzará en un análisis general y no en cuanto a situaciones puntuales.
Comencemos con los aspectos más sencillos.
El rendimiento físico de los árbitros ha sido mayormente destacado. La mirada histórica así parece indicarlo. Basta contemplar la intensidad de los desplazamientos de los árbitros a través de los últimos mundiales para caer en la cuenta de lo mucho que se ha avanzado en ese aspecto. El Mundial de 1990 significó el fin de una era donde se arbitraba a “carpeta”. Hoy un árbitro de élite se caracteriza, entre otros aspectos, por su capacidad física, el ritmo sostenido que logra mantener a lo largo de los noventa minutos. En tal sentido pues merece destaque este elemento.
A lo anterior habrá que adosar la forma de desplazamiento, los lugares de recorrido habitual del árbitro en el terreno, el aprovechamiento de los espacios procurando cubrir de modo eficiente la mayor superficie de terreno posible y el trabajo en equipo que potencia la eficiencia en cuanto a la labor desde el punto de vista físico.
Dicho lo anterior y valorando positivamente este aspecto, no debemos olvidar que no basta con ser eficiente. Eficiencia implica la economía de movimientos -en este caso- de modo de obtener el mejor resultado posible en cuanto a cercanía de la jugada, posicionamiento adecuado para poder tomar las mejores decisiones y una adecuada visibilidad tanto de la jugada como de los colaboradores. Para completar el análisis también habría que apuntar a la eficacia. Es decir a los resultados de la actividad eficiente.
Justamente la eficacia mostró algunas carencias. La coordinación, la armonización, la cohesión del trabajo en equipo no puede conducir a la (auto) interdicción del criterio del decisor principal: el árbitro. Si bien resulta loable y de buen tino trabajar en estrecha colaboración entre árbitros y asistentes, no debe olvidarse que quien finalmente decide es el árbitro central. En más ocasiones de las deseables los árbitros descargan su responsabilidad sobre los asistentes sancionando faltas dudosas, que no se perciben o dejando pasar otras notorias. Ejemplos pueden recordarse muchos, baste la falta sancionada por el asistente al final del tiempo suplementario entre Uruguay y Ghana. Ahí el árbitro simple y ciegamente sancionó lo que el asistente indicó. Pudo haber consecuencias nefastas, de hecho las hubo, para el equipo en contra del cual se sancionó la falta.
Pasando a los aspectos técnicos hubo cosas también destacables y, como siempre ocurre y ocurrirá, situaciones criticables. Se trabajó acertadamente en la faceta preventiva. Dos claros ejemplos fueron el manejo de la advertencia verbal ante faltas que conllevaban centros y cuando se hizo necesario prevenir ante entradas casi teñidas de amarillo.
Estos aspectos se manejaron solventemente yendo de más a menos. Al principio del torneo se lograron mayormente los objetivos deseados pero, cuando comenzaron los encuentros que más “dolían” se incurrió en errores. La prevención no es un automatismo, ni tampoco se agota en ella misma. Es automatismo cuando las primeras faltas fuertes, cualquiera sea su tono, llevan la clásica acción de apartar al jugador infractor, hablarle en tono sereno y firme y ensayar con los brazos el gesto del “no va más”. Hay acciones en las que resulta válido advertir y otras en las que directamente hay que intervenir disciplinariamente. Al caso el puntapié de Van Persie al comienzo de la final o la reiteradas advertencias a Van Bommel en el transcurso de los partidos, o el puntapié del jugador marfileño que radió del mundial a Elano. En cuanto a la prevención de los “agarrones” en las áreas, en ningún momento pasó de eso; siendo que el reglamento dota a los árbitros de las armas para ir avanzando en el control: advertencia, amonestación, expulsión y la sanción técnica correspondiente (penal o falta del delantero). Mayormente nos hemos quedado apenas en la advertencia.
La prevención viene de la mano con la consideración de las medidas disciplinarias. Tal parece que hay una visión que indica que no puede haber una expulsión si previamente el jugador no ha sido amonestado. Este modo de acción ha implicado que algunos jugadores que más temprano que tarde deberían haberse ido a las duchas permanecieron en campo todo el partido.
En cuanto a las sanciones estrictamente técnicas, pues hubo un alto número de aciertos. Con jugadas dudosas si, pero simplemente eso: dudosas. Los árbitros en general acertaron en jugadas de mediocampo así como también en las “zonas calientes”. Vale decir, lo que hace a un arbitraje complejo, no son las faltas en sí, sino el control previo a que ellas se cometan y posterior a la comisión de faltas. Lo reseñado en primer término respecto a la capacidad física de los árbitros, aunado a un buen trabajo en equipo han minimizado los errores de apreciación. La tarea entonces pasa por ajustar los aspectos disciplinarios. Principalmente cuando se ha apreciado una cada vez mayor tendencia a disputar el balón utilizando la acción en “plancha”.
Finalmente dos afirmaciones en las que no se ahondará demasiado. Para los partidos de mayor relevancia FIFA se quedó sin los mejores y más experimentados árbitros. Dos parecen ser las causas. Alguna decisión no estrictamente ceñida a lo técnico, como parece haber sido la temprana desaparición de la terna suiza encabezada por Massimo Bussaca, y el discurso acerca de la filosofía del equipo arbitral. La primera causa es de difícil eliminación y la segunda realidad cambiará tarde o temprano así como también ha cambiado la perversa y falsa filosofía de la aceptación del “factor humano” en el arbitraje. Expresar una idea es fácil, sostenerla en los hechos pocas veces se ve. |