| Olivier Viera |
| Martes, 18 de Mayo de 2010 20:22 |
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Las finales que coronaran un nuevo campeón del Uruguayo 2009-2010, bien pueden asimilarse, por intensidad, convocatoria, intereses en juego, carga emocional y tradición a partidos de los que habitualmente se denominan de Grandes Ligas.
Fuimos testigos presenciales de tres encuentros que se pueden catalogar de tales. Cada uno se dirimió por escaso margen, con la salvedad, tal vez, del primero de ellos.
Este tipo de justa deportiva reclama para su dirección, también de árbitros prototípicos de las grandes ligas. Es decir, aquellos que se supone o se espera tengan un rendimiento superlativo, acorde a la naturaleza del partido.
Claro que el razonamiento anterior no es lineal. Así como puede suceder, y de hecho sucedió, que algunos jugadores destacados a lo largo del torneo no repitieron rendimientos propios de la alta competencia, también puede suceder que los árbitros que se piensa más capacitados cometan errores.
Imaginemos por un momento que usted, apreciado lector, tiene la posibilidad de oficiar de seleccionador de los árbitros de la final. Imaginemos, también, que usted no es simpatizante de equipo alguno y puede optar de una manera absolutamente objetiva. Imaginemos, por último, que usted cuenta con información histórica respecto a la labor anterior de los potenciales árbitros.
La pregunta a responder sería: ¿Tiene actualmente Uruguay árbitros con el perfil necesario para actuar en las Grandes Ligas?
Como tengo la ventaja de estar escribiendo esta nota, diríase que si. Absolutamente si, es la respuesta apropiada. Pensemos en Jorge Larrionda. Nada más nombrarlo estaríamos de acuerdo en que simplemente por lo que ha significado su carrera arbitral, que sería ocioso repasar, es un árbitro de los que estaríamos buscando.
Un escalón más abajo tenemos a Martín Vázquez. En notas anteriores hemos comentado brevemente respecto a su historial: Olimpíadas, Mundiales juveniles, encuentros de Libertadores, en la puerta del Mundial 2010.
Seguimos con Roberto Silvera. Su récord no luce a ojos del gran público como muy impresionante. Sin embargo, sugiero repasar los encuentros de alto voltaje que ha dirigido, por ejemplo, en Copa Libertadores. Lo tendremos este próximo jueves 20 de mayo dirigiendo el encuentro de vuelta de Libertadores entre Universidad de Chile y Flamengo, cuando tan sólo una semana antes había dirigido el encuentro de ida entre Internacional y Estudiantes de La Plata. De paso notemos que de los cuatro encuentros de vuelta de semifinales del torneo antes mencionado, en dos de ellos el silbante será uruguayo (también actúa Larrionda).
El resto de nuestros árbitros internacionales, aún no tienen el roce internacional de los nombrados anteriormente. Siendo este un dato objetivo, nada dice respecto a la capacidad y las dotes que adornan a dichos árbitros.
Pues bien, de los tres candidatos, démosle en llamar naturales, apenas uno estuvo presente en los partidos finales.
El Colegio de Árbitros asumió los riesgos de abrirle la puerta de las Grandes Ligas tanto a Martín Martínez como a Darío Ubriaco.
Desde este lugar, entonces, saludamos la elección de mirar, por encima de las individualidades y la coyuntura, el sistema arbitral en su conjunto.
Otra cosa ha sido el rendimiento mostrado durante el transcurso de los partidos. La mayoría de sus fallos son compartibles y mostraron una presencia de ánimo y una estrategia de partido saludable.
Estilos bien diferentes, por cierto. Uno con un carácter más rígido, más ceñido al reglamento y otro que, conociendo el reglamento, se toma ciertas libertades que no atentan contra la esencia del arbitraje.
Sin embargo, sus virtudes también dejan en evidencia sus errores. Uno pecó por exceso y el otro por defecto. El primero aún no domina ajustadamente la sanción disciplinaria. Por tanto tapiza de amarillas el partido, y también de rojas.
En cierta ocasión, un viejo maestro del arbitraje legó a la posteridad una frase imborrable: “Empiecen duros, que ya habrá tiempo para ablandarse”.
Bien entendida no significa hacer a un lado la regla, significa que el tiempo proporciona la necesaria experiencia como para resolver de otro modo lo que antes se resolvía con una tarjeta.
El segundo, en cambio, tiene, y se nota, mayor experiencia, es capaz de dirigir de un modo, digamos, más “amigable”. Eso lo conduce a ciertos desajustes de criterio. No se muestra del todo consistente ante la sanción disciplinaria.
Ni tabla rasa, ni ajuste conveniente. Debe haber, de hecho lo hay, dentro del irrenunciable estilo personal, un punto de equilibrio que hay que buscar.
El modo de hacerlo es arbitrando partidos de esta naturaleza. No existe otra manera conocida, no existen los simuladores arbitrales para encuentros de Grandes Ligas.
Se podrá decir, y habrá que aceptarlo calladamente, que hubo fallas en jugadas puntuales. Específicamente dentro de las áreas.
Reconozcámoslo desde ya, puesto que no hacerlo implicaría poner en tela de juicio la credibilidad de estas palabras. Sí que se falló en lugares donde no se puede fallar, donde es imperioso acertar.
Bajo una concepción probabilística del arbitraje – que no es un método analítico del todo adecuado -, podría esperarse eventos de las características de los recién señalados. En este tipo de encuentros, los sucesos inesperados siempre ocurren.
Es particularmente estimable la apuesta que se hizo al designar a estos árbitros. Al fin, luego de esperar bastante, no se han visto señas de la miopía a la que nos tiene acostumbrados el fútbol. Ya es hora de priorizar el largo plazo involucrando en la rotación de partidos de importancia manifiesta a todos los árbitros internacionales sin exclusiones.
Un día Larrionda no estará, ni Vázquez, ni Silvera. Es hora de aprontar el recambio. Que por supuesto será doloroso. Tal vez por aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”.
Si miramos hacia atrás, no habrá nada que hacer más que lamentarse. Cuando miramos hacia adelante responsablemente, el porvenir no luce tan inhóspito. |