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Teniendo tiempo, puede resultar sumamente ilustrativa la navegación. Me refiero a la inmersión en el ciberespacio.
Pues bien, en una de esas incursiones por el universo digital, di con un artículo de por aquí cerca. Una nota en una página uruguaya (Quenonino), cuyo título es “Quiero ser juez”.
El autor utiliza un seudónimo que es Enzo Armando, lo que denotaría claramente sus preferencias futbolísticas. Al menos eso quiero imaginar.
Como es brevísima citaré textualmente la inquietud del escriba, que se pregunta: “¿Qué clase de misteriosa sinapsis neuronal se activa en una persona para que desee ser árbitro de fútbol? ¿Será la realización de un profundo deseo masoquista? ¿Se trata de seres que a lo largo de su vida fueron sometidos al destrato y quieren venganza? ¿Serán personas que precisan de la adrenalina del peligro para sentirse vivas?”
Y continúa preguntándose: “¿Serán tan nobles e ingenuos que creen vehementemente que la justicia y la paz es posible en el fútbol? ¿Sentirán placer de impartirle órdenes a tipos que ganan 20 veces más que ellos? ¿Será la única forma que encontraron de pisar una cancha de fútbol ya que por su talento como jugadores no lo hubieran hecho nunca? ¿Habrán perdido alguna apuesta? ¿Buscarán la bendición del Toto”?
Lamentablemente el periodista no avanza en la respuesta que estima sea la más certera. Vamos a tratar de responder.
Como en muchos órdenes de la vida, tendemos a buscar respuestas complejas a situaciones cuya solución es simple. No necesariamente inquirir acerca del por qué alguien hace algo debe culminar con una conclusión compleja. Las motivaciones humanas son inescrutables, pero en general se acomodan a respuestas simples. Tanto que ni siquiera logramos imaginarlas.
Supone el autor que la elección por el arbitraje deportivo puede ser el resultado de una alteración genética. En tal caso, ¿se trata de que los árbitros son seres más evolucionados?
No parece ser así.
Tampoco tiene que ver ni con episodios que requieren una explicación lindante con el psicoanálisis o derivados de una inadecuada valoración de las posibilidades que el deporte brinda al desarrollo humano.
Mucho menos se trata de pisar el verde césped porque, en ese caso, también cabría preguntarse si no comparten idéntica frustración con los periodistas.
Más disparatadas, aunque lucen ingeniosas y simpáticas, son las hipótesis centradas en recibir la aprobación de una persona de profundo e innegable conocimiento de los meandros del fútbol, mas relativamente poco avezado en técnica arbitral; o esa ansiedad por gobernar aunque sea sólo noventa minutos al “poder económico” que representan los futbolistas.
Aquí, en los “tipos que ganan 20 veces más”, alguna vez algún especialista debería detenerse para derribar un conjunto de mitos al respecto. Si quiere le regalo la idea al cronista anónimo Enzo Armando, para que explore el día a día de los futbolistas y el día después.
Quizás nos percatemos de la deuda que hemos generado con estas personas e informemos a los jóvenes para que no vivan en una nube de fantasías.
Retornando al centro de la cuestión, trataremos de ensayar alguna respuesta. De las que conozco, tal vez la que exhibe mayor probabilidad de ocurrencia es… por casualidad.
En muchas ocasiones se ha oído que cierta persona que luego se hizo árbitro, un día, vio el aviso en el diario en que la AUF anunciaba la apertura de los cursos.
Ahí “cayó”, ahí se encariñó con la profesión y ahí se quedó. Hay que entenderlo. No se trata de una vocación – sólo en contadísimos casos es así -, se trata de un enamoramiento.
Que se despierta con el desarrollo de la actividad misma, que se nutre de compañeros que pasan, que abandonan, y de otras generaciones que empujan fuerte por ocupar el lugar que otro tiene.
El arbitraje es un deporte competitivo, believe it or not. Pero también es cooperativo. Muy competitivo y muy cooperativo.
Al principio todos quieren ser árbitros internacionales. Es lo mismo que ocurre con los futbolistas: todos desean jugar en primera y vivir del fútbol. Los árbitros saben que no podrán vivir del fútbol y que es virtualmente imposible llegar a tener el escudo FIFA.
Una simple operación aritmética basta. En Uruguay hay alrededor de ciento cuarenta árbitros sólo en el fútbol profesional, de los cuales tradicionalmente apenas siete son internacionales. Esto es el 5% si no consideramos a los árbitros de OFI, a los árbitros amateurs, a los de la Liga Universitaria, etc.
No cabe duda que continúan arbitrando por puro enamoramiento. Dejar la familia, no ver crecer a los hijos, sólo es posible por amor. Ni por poder, ni por genética, ni por obtener aprobación, ni por vocación.
Después tenemos otras opciones también sencillas. Por ir con un amigo, para probar como es, porque algún familiar o amigo lo sugiere. Son sencillas explicaciones para una “rara” decisión.
¿De qué se enamora un árbitro?, es la pregunta siguiente. Del instructor en primer lugar. Es como con la maestra, el instructor ocupa un lugar de padre, hermano y amigo. A él nos debemos y por él es necesario que mejoremos. Él es capaz de ponernos en vereda, de cobijarnos e igualmente continuar siendo el tipo más exigente y ácidamente crítico de nuestra labor.
Luego, de los compañeros de generación al momento en que íntimamente nos proponemos llegar juntos a “primera”.
Cuando la carrera nos desperdiga, entonces están los restantes compañeros de camino o los referentes que siempre se muestran prestos a tendernos una mano.
Cada uno con sus particularidades, con sus berretines, sus manías, su picaresca, su gravedad, sus virtudes y sus vicios. Hay temas en los cuales se disiente y otros en los que hay coincidencia.
En fin, es un largo proceso de crecer que tiene su punto cúlmine en el partido del fin de semana. Pero no ese partido con el estadio repleto de gente y que el lunes aparece en el diario. Es un partido ignoto en una cancha ignota de una ignota mañana, que tiene como únicos espectadores a los padres de los jugadores. Que están ahí, únicamente por amor.
Si todo fue bien, la felicidad se torna inconmensurable. Cuando algo no salió como era esperado siempre hay alguien, un colega que compite y muestra su veta cooperativa, o el instructor que tiene el lomo curtido de experiencias, o uno de aquellos referentes, que pasa su brazo sobre el hombro del compañero y le hace recordar que los árbitros no tienen historia. Sólo vale la pena mirar hacia delante y demostrarse que lo que identifica a un árbitro es su fortaleza anímica. La capacidad de seguir eternamente adelante centrado siempre en servir más y mejor al fútbol, al reglamento y no al propio interés. Porque mirar hacia adelante, es la única solución que se conoce para que la propia familia no pague las culpas de esta “clase de amor”.
¿Ve Enzo Armando que es pura y simplemente una historia de amor basada, como todas las historias de amor, en la casualidad?
Son historias inconclusas, también como las de amor. Se trata de historias de vida, igual que las de amor. Son historias de encuentros y desencuentros, de idas y venidas, de alegrías y tristezas, de compañía y soledad. Nada diferente al amor. Nada diferente a la vida.
Sólo una sugerencia final, estimado Enzo Armando. Si usted ya tiene una clase de amor, entonces habrá comprendido estas líneas. Si aún no la tiene, búsquela, después comprenderá.
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