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Un mediocre es burócrata. Un mediocre es consciente.
Un mediocre es meticuloso.
Un mediocre es responsable.
Un mediocre es disciplinado.
Un mediocre no calcula.
Un mediocre sólo actúa.
Un mediocre es común y silvestre, nada extraordinario. Un mediocre es feliz con lo que hace.
Un mediocre tiene más certezas que incertidumbre.
Un mediocre se mueve por convicción y no por fanatismo.
Un mediocre… somos la mayoría.
¿Cómo sería un mundo movido por mediocres cuyas cualidades, supongamos, fuesen las anteriores? Difícil saberlo.
Aunque un ejercicio interesante puede ser analizar cómo podría haber actuado un mediocre ante una situación límite a la que pocos elegidos tienen acceso.
Pongamos por caso dirigir una final de Copa Libertadores.
Se requieren dotes superiores que a priori no encajan en las caprichosas características que antes hemos asignado a un mediocre. Tampoco todos los días hay una final de Libertadores. Así que la circunstancia elegida parece ser un buen laboratorio para intentar responder a nuestra pregunta.
Como el mediocre es meticuloso, responsable y disciplinado, pues seguramente lo veríamos transitar (bah, en una palabra, correr) por la cancha a paso ágil durante todo el encuentro. Porque si así no lo hiciese, no estaría cumpliendo con su deber. Pero nada extraordinario, por cierto. No sería un super atleta, tan sólo una persona común cuya pretensión es brindar un servicio a conciencia.
Como el mediocre es un burócrata, pues con toda seguridad conoce el reglamento a cabalidad, hasta en sus mínimos detalles. De aquí que es muy factible que aplicara el reglamento sin hesitar. Lo que es propio de un burócrata. Es altamente probable entonces que un jugador que aplica una criminal “plancha” lesionando a un rival, resultara expulsado; o aquel que golpea salvajemente con su pierna sobre el pecho de un contrincante corriera idéntica suerte. Porque el mediocre burócrata, también actúa sin cálculo. No mira ni camisetas, ni nombres. Ni se preocupa por situaciones o por el próximo partido, o por el “qué dirán”, por agradar a alguien. Simplemente hace lo que le enseñaron a hacer. Su propio interés, cede ante las exigencias burocrático – reglamentarias. Como el mediocre tiene certezas, raras veces dejará volar su imaginación. Por cierto que no vería cosas que no existieron, como por ejemplo que un balón tomado por un arquero en un esfuerzo supremo, se fue de la cancha sin haberse ido, o que un jugador no es golpeado sin solución de continuidad. Es que el mediocre está convencido de lo que hace y no busca la trascendencia del fanático. No se considera algo extraordinario y sabe que no es nada extraordinario. Es un mortal más y esa es su utilidad, y lo sabe. Por eso está tranquilo, porque no necesita la palmada en la espalda, porque no precisa de elogios o “amigos”. Tiene claro qué hacer, cuál es su tarea. Y la hace. Nunca llegará a los primeros planos, su norte es la medianía sin norte.
Ahí radica su felicidad, en hacer siempre lo mismo ante cualquier circunstancia. Seguramente porque conoce sus límites y no aspira a ser más que lo que verdaderamente es.
Tal vez, contradictoriamente, a veces el mundo pueda (deba) ser movido por mediocres. No en el sentido que el mediocre podría querer, sino en el sentido al que naturalmente el mundo tiende. A veces esto no ocurre con el ser excepcional enfrentado a circunstancias excepcionales. Al excepcional, algunas circunstancias excepcionales le quedan grandes.
Sin embargo, al fin y al cabo, lo que debió ser (el resultado final), lo fue.
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