Montevideo, Jueves 17 de Mayo

Urugol

A un click del gol

MAGIA
Olivier Viera
Lunes, 09 de Mayo de 2011 17:08

Los magos tienen en su poder la fantasía. Frecuentemente provocan admiración cuando sacan conejos y palomas de su galera. Pruebas, artilugios, sorpresa. Hasta que
en un momento hacen cierto juego y el siguiente gesto de manos que se abren con las palmas hacia arriba ante la incredulidad del público, puede traducirse: nada por
aquí, nada por allá. Y todo lo bueno, toda la fantasía, la ilusión y la imaginación en un segundo desaparecen. La expectativa se terminó. Cae el telón. Debemos retornar al mundo terrenal.

 

 

Algo similar ocurrió con el enésimo clásico disputado en el día de ayer.

 

 

Un equipo que venía de una hazañosa y merecida clasificación a la siguiente fase de la Libertadores. Ganó su derecho practicando fútbol. Tal vez no el más vistoso, tal vez o el más excelso desde el punto de vista técnico. Pero potenciando grandemente sus virtudes y minimizando sus carencias.

 

 

Su contrincante con bastantes días para hacer ensayos de laboratorio en búsqueda de la mejor expresión futbolística posible. Recuperando jugadores con lesiones leves.
Ajustando físicamente al plantel.

 

 

Ayer hicieron magia. Como por arte de birlibirloque desapareció todo lo revisiblemente bueno. El cúmulo de esperanzas se diluyó en un goteo constante a lo
largo de los noventa minutos de partido. Una desafortunada cadencia de fútbol. Dos orquestas sinfónicas que desafinaron.

 

 

¿Fue apenas un espejismo el rendimiento ante Internacional?

 

 

¿Existe el tiqui – tiqui o pasó a ser uno más de los misterios de la humanidad?

 

 

Terminado el partido fue inevitable el surgimiento de sentimientos encontrados.Lo dulce junto a lo amargo, lo áspero junto a lo delicado, lo ridículo y lo sublime, el
disgusto y la aceptación.

 

 

Así puede resumirse el arbitraje.

 

 

Un manejo excelente de los tiempos, el equilibrio medido, constante, entre continuidad y normalidad. La apreciación justa frente a jugadas en zonas calientes. La
firmeza dentro de la cordialidad de trato. La tranquilidad ante los embates anímicos.

 

 

El buen tino desde principio a fin resultó la característica más resaltable de la labor del árbitro. Buena ubicación sin interferir torpemente en el juego. Cercanía a la jugada sin dar la sensación de hacer un desgaste sobrehumano.

 

 

Finalmente, habrá que asumir que la experiencia, esos años que se quedan en el cuerpo y no pasan en vano, son útiles al momento de dirigir encuentros de la naturaleza del de ayer. Contrastando sobremanera, por ejemplo, con el jugador patotero que aún estima que tocar compartiendo la pelota con los que visten la misma
camiseta es una tomadura de pelo.

 

 

En fin, no estuvimos en presencia del mejor árbitro del mundo. Tal vez ni siquiera ante el mejor de América. Eso es lo de menos.

 

 

Ser árbitro significa estar a la altura de las circunstancias. Ayer sucedió justamente eso: el árbitro estuvo a la altura de las circunstancias. Es la diferencia entre dirigir un
partido y manejar un partido.

 

 

¿Qué otra cosa puede pedirse de aquel que dirija la mayor fiesta del fútbol nacional?

 

 

Los jóvenes que aspiren a vestirse de negro y su sacrificio personal más la necesaria dosis de suerte los pongan ante el desafío de dirigir un clásico, tienen un buen ejemplo acerca de cómo hacerlo.

 

 

Y sin embargo… persiste esa serie de incómodas sensaciones.

 

 

El partido no terminó en una fiesta, sólo por dos jugadas. Dos jugadas; desgraciadas jugadas, fatales jugadas.

 

 

Hablamos, hacemos, deshacemos, planificamos, entrenamos, nos perfeccionamos, invertimos, nos desesperamos, ponemos el grito en el cielo y el destino inmisericorde
a la vez que bonachón, a veces nos hace un guiño y a veces un dribling, y encima cuando pasa a nuestro lado oímos un “oleee”.

 

 

Esto es el arbitraje del fútbol. Demasiado frágil como somos las personas, demasiado imperfecto y suficientemente perfecto como para soportar ambos extremos. Porque ni más ni menos el arbitraje es una actividad humana como cualquiera otra.

 

 

Si esto es así, ¿es que la tolerancia también es un misterio que nuestras sociedades deberán redescubrir?

 

 

¡Malditas esas dos jugadas!

 
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