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Ayer fue posible contemplar el clásico del fútbol español, aunque la disputa estuvo enmarcada en una competición de corte continental: semifinal de ida de la Champions League. En no pocas ocasiones desde esta columna hemos posado la mirada sobre todo un andamiaje de organización deportiva que tiende al Fair Play. La conducta de los actores principales parece alinearse mayormente a tal noción.
Ayer fue la excepción, ¿o no? Los días previos habían estado marcados por la victoria del Real Madrid en la Copa del Rey. Las reverberaciones de ese triunfo comenzaron poco a poco a preparar un ambiente cada vez más tenso. Hasta que la cuerda se rompió con declaraciones del siempre provocador entrenador del equipo de Madrid y una respuesta fuera de tono del en general tranquilo y pensante director técnico del Barcelona.
Estos ecos abarcaron incluso la figura del árbitro. Si sería un portugués, si favorecería al poder barcelonista, etc. etc. hasta el hartazgo. Finalmente resultó nominado el alemán Stark.
Llegado el momento de la verdad, nada que no fuese previsible sucedió. Un equipo que juega y otro que se niega a jugar. Todo iba a pedir de boca para quien apostó a un cero a cero. Hasta que un jugador habitualmente central, devenido en volante, internacional con su selección y que hace unos años recibiera una fuerte sanción por una condenable agresión a un rival, cometiera una tropelía digna de un jugador fuera de sí y muy lejos de lo que podría denominarse un profesional. Una clara muestra de cómo la inteligencia y la razón dan paso al desborde de la pasión incluso en los niveles de hiperprofesionalización. El resultado fue que su equipo quedó con 10 jugadores y ahí comenzó la debacle de los madridistas.
Luego lo consabido. Quejas sobre el árbitro, teorías conspirativas, manifestaciones de estar asqueado del mundo, victimización. Jamás un mea culpa. ¿Es que los grandes estrategas no tienen un plan B? ¿Es que los grandes estrategas dependen de la benevolencia arbitral para poder obtener los objetivos que se han planteado?
Finalmente parece que los hemos igualado. Peleas, insultos y roces al final del primer tiempo, protestas en masa frente al árbitro, golpes fingidos por doquier, lamentos de niños que dicen comportarse como adultos. Casi lo mismo que hemos estado viendo en los partidos de Libertadores. En medio de todo ese barullo, un árbitro que hizo cuanto estuvo a su alcance para que el espectáculo resultase medianamente decente. Hasta perdonando alguna expulsión adicional al equipo blanco. Tal el caso de Adebayor que, en un arrebato (y tuvo dos más) agrede a Busquets. Claro, sucede que este último parece tener su rostro omnipresente. Es el único jugador que jamás golpean en los pies y si en su rostro. Al fin y al cabo fingir tampoco forma parte del fair play y termina siendo igual al cuento del pastorcito mentiroso.
Por aquí también estamos en los preámbulos de un clásico. Y ya hay voces que están preparando el terreno. Que a este árbitro si, que a aquellos no. Los mismos cuentos, la misma “persecuta”, idéntica victimización cuando en muchas ocasiones han sido los victimarios.
Particularmente no creo que sea tan importante un árbitro como para gastar pólvora en chimangos por parte de quienes no administran las carreras arbitrales y sólo tocan en la orquesta de oído y a veces. Seamos sinceros y directos. Esto implica decir que los equipos pueden opinar pero, en procura de la claridad discursiva, esa opinión es interesada, parcial, subjetiva y con desconocimiento de lo que significa la actividad arbitral. Los clubes no pueden saber qué árbitro es mejor y está en mejor momento para controlar un partido. Sólo pueden decir me gusta o no me gusta. Son estos criterios irracionales, meros caprichos; cuando no esconden maliciosos motivos.
Sí merece un partido de esta naturaleza ser cuidadoso en la elección por parte de quienes rigen los destinos del arbitraje. Descartar árbitros de reconocida capacidad que han mostrado virtudes que superan con creces sus naturales errores, dejándose influir por los catones que pontifican a favor de sus intereses egoístas hiere al sistema arbitral porque genera desconfianza. Además, y es otra perla para el collar, es desigual, porque el resto de los competidores no gozan de tal posibilidad.
Nada asegura la ausencia de errores arbitrales, así como nada asegura a un equipo el triunfo o que su goleador marque goles o que el arquero no se “coma” un gol bobo. Es parte de nuestra naturaleza humana. Si comenzamos por reconocer esto, estaremos más cerca del espíritu del fair play y alejados de un subjetivismo incómodo y pernicioso.
En tren de comparar, estaríamos bastante mejor, al menos en este aspecto, del espectáculo que nos mostró la previa de la Champions. No es poco para empezar.
Así sea que vaya Martín, Roberto, Líber, Héctor, Daniel, Darío o Jorge, una buena señal desde el sistema del fútbol sería, al menos para probar, mantener la calma y apostar a crear un futuro mejor mirando hacia adelante y no hacia atrás.
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