Montevideo, Sábado 04 de Febrero

Urugol

A un click del gol

Olivier Viera


UN MEDIOCRE
Olivier Viera
Domingo, 26 de Junio de 2011 23:19

 

 

 

Un mediocre es burócrata.


Un mediocre es consciente.


Un mediocre es meticuloso.


Un mediocre es responsable.


Un mediocre es disciplinado.


Un mediocre no calcula.


Un mediocre sólo actúa.

 

Un mediocre es común y silvestre, nada extraordinario.


Un mediocre es feliz con lo que hace.


Un mediocre tiene más certezas que incertidumbre.


Un mediocre se mueve por convicción y no por fanatismo.


Un mediocre… somos la mayoría.

 

 

¿Cómo sería un mundo movido por mediocres cuyas cualidades, supongamos, fuesen las anteriores?


Difícil saberlo.


Aunque un ejercicio interesante puede ser analizar cómo podría haber actuado un mediocre ante una situación límite a la que pocos elegidos tienen acceso.

 


Pongamos por caso dirigir una final de Copa Libertadores.


Se requieren dotes superiores que a priori no encajan en las caprichosas características que antes hemos asignado a un mediocre. Tampoco todos los días hay una final de Libertadores. Así que la circunstancia elegida parece ser un buen laboratorio para intentar responder a nuestra pregunta.


Como el mediocre es meticuloso, responsable y disciplinado, pues seguramente lo veríamos transitar (bah, en una palabra, correr) por la cancha a paso ágil durante todo el encuentro. Porque si así no lo hiciese, no estaría cumpliendo con su deber. Pero nada extraordinario, por cierto. No sería un super atleta, tan sólo una persona común cuya pretensión es brindar un servicio a conciencia.

 

Como el mediocre es un burócrata, pues con toda seguridad conoce el reglamento a cabalidad, hasta en sus mínimos detalles. De aquí que es muy factible que aplicara el reglamento sin hesitar. Lo que es propio de un burócrata. Es altamente probable entonces que un jugador que aplica una criminal “plancha” lesionando a un rival, resultara expulsado; o aquel que golpea salvajemente con su pierna sobre el pecho de un contrincante corriera idéntica suerte. Porque el mediocre burócrata, también actúa sin cálculo. No mira ni camisetas, ni nombres. Ni se preocupa por situaciones o por el próximo partido, o por el “qué dirán”, por agradar a alguien. Simplemente hace lo que le enseñaron a hacer.

 

Su propio interés, cede ante las exigencias burocrático – reglamentarias.

 

Como el mediocre tiene certezas, raras veces dejará volar su imaginación. Por cierto que no vería cosas que no existieron, como por ejemplo que un balón tomado por un arquero en un esfuerzo supremo, se fue de la cancha sin haberse ido, o que un jugador no es golpeado sin solución de continuidad.


Es que el mediocre está convencido de lo que hace y no busca la trascendencia del fanático. No se considera algo extraordinario y sabe que no es nada extraordinario. Es un mortal más y esa es su utilidad, y lo sabe. Por eso está tranquilo, porque no necesita la palmada en la espalda, porque no precisa de elogios o “amigos”. Tiene claro qué hacer, cuál es su tarea. Y la hace. Nunca llegará a los primeros planos, su norte es la medianía sin norte.


Ahí radica su felicidad, en hacer siempre lo mismo ante cualquier circunstancia. Seguramente porque conoce sus límites y no aspira a ser más que lo que verdaderamente es.

 


Tal vez, contradictoriamente, a veces el mundo pueda (deba) ser movido por mediocres.
No en el sentido que el mediocre podría querer, sino en el sentido al que naturalmente el mundo tiende.
A veces esto no ocurre con el ser excepcional enfrentado a circunstancias excepcionales. Al excepcional, algunas circunstancias excepcionales le quedan grandes.


Sin embargo, al fin y al cabo, lo que debió ser (el resultado final), lo fue.

 
MAGIA
Olivier Viera
Lunes, 09 de Mayo de 2011 17:08

Los magos tienen en su poder la fantasía. Frecuentemente provocan admiración cuando sacan conejos y palomas de su galera. Pruebas, artilugios, sorpresa. Hasta que
en un momento hacen cierto juego y el siguiente gesto de manos que se abren con las palmas hacia arriba ante la incredulidad del público, puede traducirse: nada por
aquí, nada por allá. Y todo lo bueno, toda la fantasía, la ilusión y la imaginación en un segundo desaparecen. La expectativa se terminó. Cae el telón. Debemos retornar al mundo terrenal.

 

 

Algo similar ocurrió con el enésimo clásico disputado en el día de ayer.

 

 

Un equipo que venía de una hazañosa y merecida clasificación a la siguiente fase de la Libertadores. Ganó su derecho practicando fútbol. Tal vez no el más vistoso, tal vez o el más excelso desde el punto de vista técnico. Pero potenciando grandemente sus virtudes y minimizando sus carencias.

 

 

Su contrincante con bastantes días para hacer ensayos de laboratorio en búsqueda de la mejor expresión futbolística posible. Recuperando jugadores con lesiones leves.
Ajustando físicamente al plantel.

 

 

Ayer hicieron magia. Como por arte de birlibirloque desapareció todo lo revisiblemente bueno. El cúmulo de esperanzas se diluyó en un goteo constante a lo
largo de los noventa minutos de partido. Una desafortunada cadencia de fútbol. Dos orquestas sinfónicas que desafinaron.

 

 

¿Fue apenas un espejismo el rendimiento ante Internacional?

 

 

¿Existe el tiqui – tiqui o pasó a ser uno más de los misterios de la humanidad?

 

 

Terminado el partido fue inevitable el surgimiento de sentimientos encontrados.Lo dulce junto a lo amargo, lo áspero junto a lo delicado, lo ridículo y lo sublime, el
disgusto y la aceptación.

 

 

Así puede resumirse el arbitraje.

 

 

Un manejo excelente de los tiempos, el equilibrio medido, constante, entre continuidad y normalidad. La apreciación justa frente a jugadas en zonas calientes. La
firmeza dentro de la cordialidad de trato. La tranquilidad ante los embates anímicos.

 

 

El buen tino desde principio a fin resultó la característica más resaltable de la labor del árbitro. Buena ubicación sin interferir torpemente en el juego. Cercanía a la jugada sin dar la sensación de hacer un desgaste sobrehumano.

 

 

Finalmente, habrá que asumir que la experiencia, esos años que se quedan en el cuerpo y no pasan en vano, son útiles al momento de dirigir encuentros de la naturaleza del de ayer. Contrastando sobremanera, por ejemplo, con el jugador patotero que aún estima que tocar compartiendo la pelota con los que visten la misma
camiseta es una tomadura de pelo.

 

 

En fin, no estuvimos en presencia del mejor árbitro del mundo. Tal vez ni siquiera ante el mejor de América. Eso es lo de menos.

 

 

Ser árbitro significa estar a la altura de las circunstancias. Ayer sucedió justamente eso: el árbitro estuvo a la altura de las circunstancias. Es la diferencia entre dirigir un
partido y manejar un partido.

 

 

¿Qué otra cosa puede pedirse de aquel que dirija la mayor fiesta del fútbol nacional?

 

 

Los jóvenes que aspiren a vestirse de negro y su sacrificio personal más la necesaria dosis de suerte los pongan ante el desafío de dirigir un clásico, tienen un buen ejemplo acerca de cómo hacerlo.

 

 

Y sin embargo… persiste esa serie de incómodas sensaciones.

 

 

El partido no terminó en una fiesta, sólo por dos jugadas. Dos jugadas; desgraciadas jugadas, fatales jugadas.

 

 

Hablamos, hacemos, deshacemos, planificamos, entrenamos, nos perfeccionamos, invertimos, nos desesperamos, ponemos el grito en el cielo y el destino inmisericorde
a la vez que bonachón, a veces nos hace un guiño y a veces un dribling, y encima cuando pasa a nuestro lado oímos un “oleee”.

 

 

Esto es el arbitraje del fútbol. Demasiado frágil como somos las personas, demasiado imperfecto y suficientemente perfecto como para soportar ambos extremos. Porque ni más ni menos el arbitraje es una actividad humana como cualquiera otra.

 

 

Si esto es así, ¿es que la tolerancia también es un misterio que nuestras sociedades deberán redescubrir?

 

 

¡Malditas esas dos jugadas!

 
TEMAS DE ALLÁ, TEMAS DE ACÁ
Olivier Viera
Jueves, 28 de Abril de 2011 13:51

 

 

 

 

Ayer fue posible contemplar el clásico del fútbol español, aunque la disputa estuvo enmarcada en una competición de corte continental: semifinal de ida de la Champions League.

 

 

En no pocas ocasiones desde esta columna hemos posado la mirada sobre todo un andamiaje de organización deportiva que tiende al Fair Play. La conducta de los actores principales parece alinearse mayormente a tal noción.

 



Ayer fue la excepción, ¿o no? Los días previos habían estado marcados por la victoria del Real Madrid en la Copa del Rey. Las reverberaciones de ese triunfo comenzaron poco a poco a preparar un ambiente cada vez más tenso. Hasta que la cuerda se rompió con declaraciones del siempre provocador entrenador del equipo de Madrid y una respuesta fuera de tono del en general tranquilo y pensante director técnico del Barcelona.

 


Estos ecos abarcaron incluso la figura del árbitro. Si sería un portugués, si favorecería al poder barcelonista, etc. etc. hasta el hartazgo. Finalmente resultó nominado el alemán Stark.



Llegado el momento de la verdad, nada que no fuese previsible sucedió. Un equipo que juega y otro que se niega a jugar. Todo iba a pedir de boca para quien apostó a un cero a cero. Hasta que un jugador habitualmente central, devenido en volante, internacional con su selección y que hace unos años recibiera una fuerte sanción por una condenable agresión a un rival, cometiera una tropelía digna de un jugador fuera de sí y muy lejos de lo que podría denominarse un profesional. Una clara muestra de cómo la inteligencia y la razón dan paso al desborde de la pasión incluso en los niveles de hiperprofesionalización. El resultado fue que su equipo quedó con 10 jugadores y ahí comenzó la debacle de los madridistas.




Luego lo consabido. Quejas sobre el árbitro, teorías conspirativas, manifestaciones de estar asqueado del mundo, victimización. Jamás un mea culpa. ¿Es que los grandes estrategas no tienen un plan B? ¿Es que los grandes estrategas dependen de la benevolencia arbitral para poder obtener los objetivos que se han planteado?

 

Finalmente parece que los hemos igualado. Peleas, insultos y roces al final del primer tiempo, protestas en masa frente al árbitro, golpes fingidos por doquier, lamentos de niños que dicen comportarse como adultos. Casi lo mismo que hemos estado viendo en los partidos de Libertadores. En medio de todo ese barullo, un árbitro que hizo cuanto estuvo a su alcance para que el espectáculo resultase medianamente decente. Hasta perdonando alguna expulsión adicional al equipo blanco. Tal el caso de Adebayor que, en un arrebato (y tuvo dos más) agrede a Busquets. Claro, sucede que este último parece tener su rostro omnipresente. Es el único jugador que jamás golpean en los pies y si en su rostro. Al fin y al cabo fingir tampoco forma parte del fair play y termina siendo igual al cuento del pastorcito mentiroso.



Por aquí también estamos en los preámbulos de un clásico. Y ya hay voces que están preparando el terreno. Que a este árbitro si, que a aquellos no. Los mismos cuentos, la misma “persecuta”, idéntica victimización cuando en muchas ocasiones han sido los victimarios.




Particularmente no creo que sea tan importante un árbitro como para gastar pólvora en chimangos por parte de quienes no administran las carreras arbitrales y sólo tocan en la orquesta de oído y a veces. Seamos sinceros y directos. Esto implica decir que los equipos pueden opinar pero, en procura de la claridad discursiva, esa opinión es interesada, parcial, subjetiva y con desconocimiento de lo que significa la actividad arbitral. Los clubes no pueden saber qué árbitro es mejor y está en mejor momento para controlar un partido. Sólo pueden decir me gusta o no me gusta. Son estos criterios irracionales, meros caprichos; cuando no esconden maliciosos motivos.

 

 

Sí merece un partido de esta naturaleza ser cuidadoso en la elección por parte de quienes rigen los destinos del arbitraje. Descartar árbitros de reconocida capacidad que han mostrado virtudes que superan con creces sus naturales errores, dejándose influir por los catones que pontifican a favor de sus intereses egoístas hiere al sistema arbitral porque genera desconfianza. Además, y es otra perla para el collar, es desigual, porque el resto de los competidores no gozan de tal posibilidad.



Nada asegura la ausencia de errores arbitrales, así como nada asegura a un equipo el triunfo o que su goleador marque goles o que el arquero no se “coma” un gol bobo. Es parte de nuestra naturaleza humana. Si comenzamos por reconocer esto, estaremos más cerca del espíritu del fair play y alejados de un subjetivismo incómodo y pernicioso.




En tren de comparar, estaríamos bastante mejor, al menos en este aspecto, del espectáculo que nos mostró la previa de la Champions. No es poco para empezar.




Así sea que vaya Martín, Roberto, Líber, Héctor, Daniel, Darío o Jorge, una buena señal desde el sistema del fútbol sería, al menos para probar, mantener la calma y apostar a crear un futuro mejor mirando hacia adelante y no hacia atrás.

 
SANCIONES
Olivier Viera
Lunes, 11 de Abril de 2011 09:32

 

 

 

 

En fútbol existen dos tipos de sanción de índole disciplinaria.

 

Son ellas la amonestación y la expulsión. Además la intensidad de la sanción eventualmente puede acentuarse. Tal el caso de la inhabilitación medida en número de partidos que impone el Tribunal de Penas a un jugador expulsado. El caso más habitual es el de la suspensión automática para actuar en el partido siguiente.

 

Estas modalidades mantienen un rasgo en común. Son al mismo tiempo sanciones individuales y colectivas.

 

Una amonestación es una advertencia dirigida a un jugador. Podría asumirse que es una amenaza de expulsión. Pero vale para él y para el resto de los jugadores. Es en este sentido que puede asumirse como colectiva. Una manera de razonar similar al refrán: cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo.

 

Al significar una expulsión una sanción sufrida por un jugador, tanto como una merma de una unidad en el número de once jugadores de un equipo, lógicamente importa tanto un perjuicio personal como colectivo.

 

Por otra parte la subsecuente pena que impone el Tribunal de Penas, es individual porque esa persona no podrá jugar por equis número de partidos y el equipo, aunque ingrese con once, no podrá alinear, si fuere del caso, a uno de sus jugadores titulares.

 

Ingresar con el suficiente grado de detalle en este campo, daría lugar a una serie bastante amplia de notas. Así que intentaremos apenas apuntar algunas cuestiones.

 

Visto el andamiaje disciplinario presente en el Reglamento del Fútbol como en el código normativo de la AUF, se diría que unas cuantas de las cuestiones disciplinarias se encuentran contempladas y son entendidas por los actores involucrados.

 

Lamentablemente ni una ni otra afirmación son sostenibles.

 

No todas las infracciones se consideran, ni tampoco parece haber un entendimiento medianamente acabado en el ambiente del fútbol respecto a la "filosofía" del Fair Play. En el fondo, de esto se trata; de que las conductas se alineen con el Fair Play que es un concepto más global, comprehensivo y deseable.

 

Hoy en día, el reglamento es apenas una herramienta del Fair Play, que necesariamente requiere de ruedas de auxilio si es que sinceramente se desea que el juego evolucione. No se trata de una prohibición que inhiba la libertad individual para llevar adelante las conductas que cada quien considera adecuadas, ni de que la acción personal sea uniforme. Se trata de generar un marco de respeto dentro de las naturales discrepancias que surgen dentro del fenómeno deportivo del fútbol.

 

Nada mejor que la ilustración utilizando imágenes recientes.

 

Dos partidos servirán para ello.

 

Uno de Racing argentino donde el árbitro expulsara a dos jugadores de este equipo. El restante el encuentro de Libertadores entre Santos y Colo Colo en que fueron expulsados cinco jugadores, uno de ellos con dotes de futbolista excepcional y con actitudes alejadas de las de un verdadero deportista.

 

Pues bien, en ambos casos las críticas apuntaron a la figura del árbitro. En el primero de los casos mencionados fue la excusa para ocultar la magra performance de Racing en los últimos cuatro partidos. Nada se dice del irresponsable jugador que, una vez amonestado no tuvo mejor idea que aplaudir socarronamente al árbitro. El otro que, apenas ingresado, propinó un puntapié descalificador a un rival.

 

En el segundo de los partidos, la estrella de Santos estaba amonestada y festeja un gol poniéndose una máscara. Pues bien, siendo correctamente expulsado monta su pequeño show del berrinche.

 

Alguna publicación comenta que el árbitro estropeó el encuentro.

 

¡Por supuesto que no!

 

En ambos casos los mismos jugadores han estropeado el espectáculo, han perjudicado a sus compañeros y a los dirigentes. Encima han mostrado una conducta absolutamente ignorante de las normas reglamentarias y del concepto de Fair Play.

 

No se puede andar por el mundo - por más época posmoderna que le llamen a la nuestra, caracterizada por la ausencia de límites y el más recalcitrante relativismo en todo orden -, pretendiendo imponer la mala educación a diestra y siniestra, caso típico en el fútbol argentino. Tampoco se puede pretender, por más genio futbolístico con que la naturaleza nos haya dotado, estar por encima de las reglas cuya mayor virtud es igualar a todos los que practican el fútbol.

 

Aunque también está la miopía, la mirada de corto plazo, estrecha y sin apuntar a algún fin que medianamente pudiera percibirse.

 

Este comentario apunta a que aún faltan cosas por hacer y perfeccionar.

 

Por lo pronto conductas iguales o peores a las sancionadas, pero que nuestro sistema acostumbra a ignorarlas mirando para el costado.

 

Tal el caso de un jugador que manifiesta públicamente que los árbitros lo "roban" y que debe hacer un esfuerzo supremo para no darle un golpe y romperle la cara al árbitro. U otro jugador que en el partido de este último sábado se hace expulsar y luego arremete, en el vestuario, con todo lo que tenía a su paso.

 

Vamos a precisar.

 

No es que desde este espacio se esté abogando por cercenar la libre expresión de las personas.

 

Se le atribuye el siguiente pensamiento a Voltaire: No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.

 

Pero luego de dicho, hay que hacerse responsable por los juicios que se emiten. Alguien debe velar por ambos aspectos. Que los actores principales puedan brindar su opinión y que esos mismos actores asuman la ulterior responsabilidad.

 

La actividad periodística se encarga del primer aspecto (y evitamos intencionalmente ingresar aquí en el análisis de actitudes típicas del estilo mentecato y pueril "like" The Sun o el sitio TMZ).

 

La propia AUF debería proponerse seriamente analizar actitudes y conductas públicas no promotoras del Fair Play y actualizar de una buena vez ciertos reglamentos que antes que igualar, más bien tienden a proteger aquellas conductas y actitudes notoriamente indeseables. Tal el caso de inapropiadas declaraciones públicas o, el ejemplo más rechazable, en que, justamente por la inconducta de sus parciales, los equipos grandes se ven favorecidos pues siempre juegan a sus anchas como locatarios.

 

Finalmente un ejemplo ilustrativo en contrario.

 

Wayne Rooney fue sancionado por dos partidos. Estrella titular de la selección de Inglaterra y del Manchester United que dirige Sir Alex Ferguson y mantiene económicamente la poderosa familia Glazer, no tuvo mejor idea que para festejar su tercer gol en un partido insultar frente a las cámaras de televisión.

 

Cabe destacar que se le aplicó la sanción a pesar de las disculpas públicas que pidió a los niños y sus padres que estaban mirando el encuentro.

 

Después de todo, copiar no es intrínsecamente malo.

 
DE VIOLENCIA Y OTRAS YERBAS
Olivier Viera
Miércoles, 16 de Marzo de 2011 16:29

 

 

 

Hay “modas” que cada tanto tiempo retornan al ámbito del fútbol.

Esta última semana hemos asistido a la reaparición de los actos de violencia. También, como no podía ser de otra manera, a las mismas expresiones de condena, de ausencia de límites para la capacidad de asombro, a patear la pelota para la casa del vecino entre autoridades del fútbol y del Ministerio del Interior en el tema de asumir responsabilidades, a argumentar que son los 20 inadaptados de siempre que impiden a la familia ir al fútbol, etc. etc. etc.

 

 

 Da la impresión que a los vándalos o a los potenciales vándalos nadie los conoce. Son apenas visibles durante los noventa minutos del partido y después desaparecen como por arte de magia, para estar el firme el fin de semana siguiente.

 

 

 

¿Son las autoridades – tanto del fútbol como públicas - sordas que no escuchan los cánticos que incitan a la violencia o su letra es descaradamente obscena?


¿Son las autoridades ciegas que no perciben a quienes van borrachos y/o drogados a una cancha de fútbol?


¿Son las autoridades manifiestamente incapaces para aplicar el derecho de admisión?


¿Son quienes elaboran las normas inhábiles para idear códigos que inhiban la violencia?


¿Son los jugadores tontos cuando festejan sus goles como inadaptados de frente a quienes hacen de la violencia un modo de vida, evitando festejar frente a la “América” o a la “Olímpica”?


¿Están los dirigentes impedidos de razonar cuándo se los observa en la tribuna insultando a diestra y siniestra, siendo que una hora después y frente a un micrófono se comportan civilizadamente?


¿Verdad que la respuesta a todas y cada una de las preguntas anteriores es un rotundo NO?

 

Tal parece que transgredir una norma se ha transformado en la norma.

 

Exceso de velocidad, cruzarse los semáforos en rojo, colarse en la fila del supermercado, intercambiar los precios entre los productos del shopping, elaborar contratos donde el acuerdo queda establecido en letra chica y con un lenguaje indescifrable para el común de los mortales, poner un precio en la góndola y en la caja decir que ese producto está mal marcado… (sigue larga lista de etcéteras)…; y así hasta llegar al ámbito del fútbol con jugadores que fingen, que protestan jugadas inexistentes, que se enojan cuando se “comen” un caño, que hacen las veces de matones dentro de la cancha amenazando, insultando y golpeando arteramente a sus rivales.

 

 

Queda la impresión que ser decente (o al menos intentarlo) está “de menos”.

 


Las personas decentes son los giles, los nabos de la película, los “nerds” de la clase.

 


Ahora bien, en el ámbito del fútbol y restringido al terreno de juego hay algunos actores que tienen, digámoslo románticamente, el deber de salvaguardar los valores de la decencia deportiva.

 


Lo hacen aplicando un reglamento que se supone conocen a cabalidad.

 


¿Lo hacen realmente o apenas aplican aquellas partes que resultan más cómodas o que menos rechinan?

 

 

Algunas apreciaciones al respecto:

 

-    Se ha visto reiteradamente en partidos de Libertadores jugadores que utilizan anillos, “calzas” de distinto color que el pantalón, cadenas, medias bajas e incluso hasta hubo algún árbitro con un anillo desmesurado. Por supuesto que estas leves infracciones no hacen al desarrollo de fondo de un partido. Pero, ¿con qué autoridad puede reclamársele luego a un jugador que cumpla con el resto del reglamento?

 

-    Un grado más arriba está el no respetar la distancia reglamentaria en las barreras. Es inaudito que los jugadores incluso están borrando la marcación que el árbitro hace con un spray blanco y éste ni siquiera se da por enterado. ¿No se han puesto a pensar los árbitros que esto implica pérdida de autoridad?


-    Seguimos con los festejos desmedidos. Que tuvo su punto culminante en el festejo de un jugador de Peñarol. Se trepó al alambrado y encima se tomó los testículos. A eso agreguemos en el mismo partido la increíble agresión a un jugador visitante estando el asistente a no más de tres metros de la jugada. La sanción fue…tarjeta amarilla.

 

-    Un cuarto árbitro, ¿tiene la misión de pasarse los noventa minutos actuando de alcanzapelotas? La respuesta es no. Sin embargo se pudo ver en un partido televisado del fin de semana pasado esta actitud. Ese mismo cuarto árbitro, no tuvo mejor idea que ubicarse, al momento de ejecutarse un tiro libre cercano a alguna de las áreas, a la altura del banderín de esquina controlando exactamente lo mismo que el asistente que para eso está. Un reverendo disparate. Aunque supuestamente alguien le ha dado esa instrucción. El reglamento define una función para el árbitro, otra para los asistentes y otra para el cuarto árbitro. Así que por mal camino se va cuando ni siquiera los árbitros respetan el reglamento.

 

 

-    ¿Los “agarrones” dentro de las áreas? Bien gracias. Es un tema que ya ni da para comentar. Con todo, en nuestro fútbol, está bastante controlado, pero en partidos de Libertadores o en otras competiciones nacionales (léase Argentina), se permite cualquier cosa.
-    Hace bastante tiempo que no se amonesta un jugador por fingir una falta. Aunque nuevamente este fin de semana se vio algo realmente insólito. Un jugador de cierto equipo avanza con el balón. En el borde del área grande finge notoriamente que le habían cometido una falta. Los defensores quedan parados a la espera de una sanción… y el árbitro ¡da ley de ventaja con un gesto notorio! Esto es un error conceptual mayúsculo. La llamada ley de ventaja se otorga cuando dejar que continúe el juego, favorece al equipo al que se le comete la falta y no al revés.

 

 

-    Reiteración de faltas. Nuevamente se perciben errores conceptuales. Que un jugador cometa dos faltas seguidas y ninguna otra antes o después, no implica que se le aplique la amonestación por reiterar faltas. Tampoco significa reiterar faltas si un jugador cometió dos de ellas en el transcurso del primer tiempo y por los treinta del segundo comete una tercera.

 

 

Apenas siete comentarios respecto a cómo se está aplicando el reglamento y a los conceptos que manejan (o no) algunos árbitros. Un buen conocimiento, interpretación y ejecución de la norma forma parte del juego limpio; y, por encima de esto, el conocimiento del reglamento y el alinear las conductas - todas las conductas – de los jugadores dentro del marco reglamentario quitan las mañas, la alevosía, las protestas, la simulación y toda una serie de prácticas que atentan contra lo estéticamente agradable que tiene el juego del fútbol.

 

 

Asimismo, por qué no, significa también una manera de erradicar la violencia.
Así que tratemos de apuntar a una seria, serena, consistente y uniforme manera de aplicar la regla. Sus efectos tónicos no tardarán en salir a la luz.

 
DISEÑO
Olivier Viera
Jueves, 17 de Febrero de 2011 09:49

 

 

 

Semana tras semana se escuchan (o leen) comentarios, incluidos los de este espacio, respecto a las actuaciones de los árbitros.

 


Ciertos comentaristas de dudosa credibilidad, niñatos caprichosos e incorregibles de ego auto inflado prefieren ir por el camino fácil del escándalo y la descalificación antes que abordar seriamente los temas. Esto habla claramente acerca de su capacidad.

 


Es apenas opinión sobre el aspecto visible del sistema arbitral de la AUF. Los árbitros no están donde están por obra y gracia de la casualidad.


Hay todo un andamiaje formado por estructura y regulación que oficia de basamento a lo que puede darse en llamar “carrera arbitral”. El fin de semana es apenas una anécdota, un punto en el transcurrir. Esto no implica que el arbitraje del domingo no tenga importancia. Sí que es relevante. Tanto para quienes desarrollan a los árbitros como para quienes toman las decisiones respecto a su presente y, más aún, para los jugadores que son los actores principalísimos.


Aunque desde una perspectiva más abarcadora hay otros elementos que son la causa por la cual cierta persona ha sido designada para uno u otro partido.
Esos elementos deben atenderse. Tal cosa implica ampliar el horizonte tanto en amplitud como en profundidad.



Uno de estos elementos a los que habría que prestar atención es el diseño de las categorías arbitrales. Para el árbitro, individualmente considerado, seguramente sea un tema que no le interese… aunque le afecta. En cambio otra historia debe ser para los administradores de este complejo sistema.



Vamos a centrar la atención en unos pocos datos sencillos y de fácil acceso. Si se ingresa a la página de la AUF (www.auf.org.uy) ahí se nos informa que hay 16 clubes en primera división, en tanto 12 clubes en segunda división. Esto quiere decir que cada fin se semana se necesitan 14 árbitros para dirigir esos encuentros.

 

Suponemos que debe haber cierta correspondencia entre el número de árbitros y la cantidad de partidos. La misma página nos dice que los árbitros habilitados para este tipo de partidos son 23 (7 de categoría internacional y los restantes de primera categoría).


Es decir que por fin de semana hay 9 personas que no tienen partido en el que mostrar sus cualidades. Hay aquí un problema de diseño.


En términos económicos podría decirse que hay un desequilibrio entre oferta y demanda de árbitros. Pero como este particular “mercado” es un “mercado regulado”, entonces, al no estar en aquella situación que la teoría llama “competencia perfecta”, su ajuste debería materializarse a través de intervenciones.

 

Hay un conjunto de consecuencias que se derivan de esta situación.


La necesidad de tomar decisiones que apunten a que a los árbitros se les otorgue igualdad de oportunidades, realmente antes que declarativamente. Preguntémonos acerca de la necesaria frecuencia de partidos que debe tener un árbitro, en particular los de categoría internacional.


Si se hace un esfuerzo humano y económico por contar con un plantel en las mejores condiciones, entonces es inexplicable que, luego, esas capacidades desarrolladas se desperdicien porque estos temas no están en la agenda.


Recurramos nuevamente a la página de la AUF. Veremos que hay 19 árbitros en cuarta categoría, 32 en tercera, 25 en segunda, 16 en primera y 7 internacionales.
Claramente se nota que no hay una pirámide asociada a la carrera arbitral.


Para llegar a 7 árbitros de nivel internacional, se requiere de muchos árbitros que no llegan.


En porcentaje. Apenas el 7% de los árbitros tienen la categoría internacional. De aquí que es imperioso el contar con un sustento cuantitativo importante.
Cuando en la categoría de ingreso no hay número para elegir y otras categorías muestran hipertrofia, entonces tenemos un problema de diseño. Este problema impide ampliar las fronteras de elección.


Hay más elementos de diseño, como por ejemplo apuntar a la categoría de asistente donde la primera categoría tenía hace unos años mayor promedio de edad que la categoría internacional. O, de nuevo, al número de asistentes por categoría (23 asistentes en primera categoría y apenas 12 en segunda categoría). Aquí hay una base de elección de árbitros que no se utiliza en aras de una especialización que carece de sentido hacerla, como se hace, cuando el árbitro deja tercera categoría (donde la persona actúa indistintamente de árbitro o de árbitro asistente).

 

Hay variables sencillas como edad, número de árbitros, cantidad de partidos, que tras de si dicen mucho respecto a la eficiencia del sistema actual. Y no son datos alentadores.
Con todo me consta que hay esfuerzos individuales que apuntan a mitigar esta situación.


Que son insuficientes puesto que, a mayor o menor plazo, en este tipo de estructuras, los sistemas de diseño deberían impactar en los reglamentos.
Modificar las reglamentaciones provoca escozor cuando cada quien se mira el ombligo. Esto tiene su reflejo en el humor de las corporaciones.
Tal vez por esto resulte un tanto difícil, cuando no imposible hablar de cambio.


Mejorar y desarrollar la actividad arbitral, en suma evolucionar, implica cambiar. Cuando se sigue haciendo lo que siempre se hizo, se seguirán obteniendo los mismos resultados.

 
a ’ BICENTENARIO
Olivier Viera
Martes, 25 de Enero de 2011 10:25

 

 

 

 

Y llegó la revancha clásica una semana después.
Algunos cambios y ajustes en las formaciones de los equipos, jugadores un poquitín más finos. La contienda se definió en los noventa minutos y, al igual que el anterior, resultó ser un partido entretenido.

 

 

Otras cosas también cambian pero en un sentido indeseado.
Por ejemplo el piso del Estadio Centenario. Un terreno de juego que empeora y empeora.
Al parecer casi sin solución a la vista, hasta la esperanza se transforma en utopía.
Esta semana alumbrará una nueva edición de la Copa Libertadores y de ahí al comienzo del Clausura apenas un paso. Así que hagamos uso de paciencia. Tal vez, algún día, quizás podamos contemplar un piso en condiciones.

 



Cambios en uno y otro sentido y elementos que permanecen inalterables. El arbitraje es un buen ejemplo de esto último.


Volvimos a asistir a un rendimiento que no mostró algo diferente en cuanto a rendimiento: regular. Que para un árbitro de nivel internacional es poco.


Con todo, hay algunas diferencias con respecto al clásico anterior. En aquel caso el árbitro fue un debutante absoluto en la categoría y en clásicos.


Ahora no; se trató de un árbitro que había mostrado un muy buen nivel durante el torneo anterior y que ya había tenido su bautismo clásico. De aquí que era esperable un rendimiento más a tono con sus virtudes.


En los partidos siempre hay jugadas que pueden dar lugar a más de una opinión, pero hay otras que no admiten dos opiniones. Son estas últimas en las que un árbitro no puede fallar.
Dos incidencias puntuales. Una en el primer tiempo y la otra en el segundo.

 

 

La primera de ellas se suscita en ocasión de un tiro libre directo a favor del equipo de Nacional. Un jugador compañero del ejecutante que estaba delante de la barrera, pone su brazo golpeando el balón. Se produce una serie de rebotes terminando en un saque de esquina ante la airada protesta de los jugadores aurinegros. La intencionalidad en jugar con la mano la juzga el árbitro, y ahí puede haber más de un opinión, por lo que es totalmente respetable, y reglamentaria, la decisión del árbitro.

 

 

Lo que configuró un mal procedimiento y significó un menoscabo a la autoridad fue que el árbitro hizo un gesto muy ostensible hacia su bolsillo trasero como para expulsar a un jugador de Peñarol que, estando amonestado, protestó vehementemente y, posiblemente, con un exabrupto que mereciera una segunda amonestación, cuando no una expulsión directa.

 

 

El árbitro, desde el inicio del partido, había seguido el camino de la dirección disciplinaria rígida. A un equipo le costó quedar con 10 jugadores. Y fue justo.


Controlar la disciplina puede hacerse de diversas maneras. Es como jugar una pulseada. Si bien siempre se requiere del uso de la fuerza, hay diversas técnicas que pueden dar resultado.
En este caso la opción fue por el camino corto. Amarilla y roja. Sin mediar advertencia (estilo inglés), sin apelar al alineamiento a través de la palabra, a la reconvención a tiempo o a la prevención. Se fue directo y tajante. Si el árbitro hubiese seguido por ese camino, debió haber expulsado a un segundo jugador del mismo equipo. No lo hizo. Perdió la pulseada. De ahí en más uno de los equipos tuvo la certeza que podría tener otros amonestados, de hecho los tuvo, pero ningún otro expulsado.

 

 

El otro caso refiere a una situación técnica antes que disciplinaria. Si bien el árbitro estuvo cerca en la “zona caliente”, justamente por este motivo es poco explicable como no se percató de un enorme penal. Tan enorme por cuanto un jugador defensor, en un centro enviado al área, saltó y restó el balón con su puño. Nuevamente, hay jugadas que merecen dos opiniones. Las “manos” son de ese tipo. Pero cuando un jugador eleva su brazo de modo antinatural y en lugar de disputar la pelota con la cabeza lo hace con su brazo, pues esa segunda opinión acerca de la ausencia de intencionalidad se cae por su propio peso. Y es relevante el comentario porque debió sancionarse con tiro penal.

 

A veces sobreexigir el físico se paga con cansancio y el cansancio deriva en apreciaciones erróneas. Este puede haber sido el caso. Habitualmente el árbitro de este último clásico de verano no transita tan intensamente la cancha. Durante el primer tiempo hizo un desgaste formidable y elogiable desde todo punto de vista.

 

Pero los partidos tienen dos tiempos y una vez comenzado el segundo tiempo fue notorio su descenso en la precisión. Pasó de un primer tiempo absolutamente seguro en sus fallos a un segundo tiempo algo errático a medida que transcurrían los minutos.

 

Es innegable que, al igual que su colega que arbitrara la semana anterior, está naturalmente dotado de condiciones estimables y deseables para un árbitro de la categoría que tiene. Hay ajustes que hacer y tiempo para llevarlos a la práctica.



Como gran conclusión.
En estas jornadas vimos tres grandes estilos.

 

El de un joven árbitro recién llegado a la categoría más afiliado a un dejar hacer, a seguir el partido de atrás.
Un segundo estilo en el último clásico que fue rígido e inflexible. Terminante, contundente, seco.
Un tercer estilo, el de los árbitros más experimentados. Que con sub-estilos propios igualmente juegan más al anticipo. Conocen mejor el ambiente y son capaces de adaptar la forma de dirigir a partidos de esta naturaleza.

 

Cada estilo tiene elementos virtuosos y elementos viciosos. Cada estilo puede utilizarse para dirigir un encuentro de fútbol.

 

De fondo, el asunto es cómo seguir siendo fiel a un estilo propio atendiendo a las circunstancias que deben enfrentarse en cada partido y, dentro de cada partido, a los distintos tiempos que estos tienen.


Dos árbitros tienen tarea para hacer.

 
BIMBO
Olivier Viera
Lunes, 17 de Enero de 2011 18:33

 

 

A todos los actores, directos o indirectos, aún les falta rodaje. Lo de los jugadores es claro, pretemporada, falta fineza en el trato del balón, algunos jugadores notoriamente cansados y sin ritmo.

 

Pero, los que saben, o al menos repiten afirmaciones ajenas, expresan que es algo normal en el período precompetitivo. No obstante lo anterior, los partidos de la Copa Bimbo, fueron bastante generosos y, por lapsos, entretenidos.


Se convirtieron bastantes goles con el regalo adicional de tres definiciones mediante tanda de penales.
Ya contará el lector de la página con detalles pormenorizados y conclusiones respecto a los lances deportivos de este mini torneo.



Actores indirectos.


En ocasiones los de afuera no son de palo. Aquí tuvieron que ver con el desarrollo del juego. Específicamente vamos a mencionar dos tipos de actores.
Los vinculados a la dirección del juego, léase árbitros y, en segundo término, a quienes tienen bajo su cargo la presentación del terreno de juego en las condiciones acorde a lo que se espera del Estadio Centenario.

 

Se ha mencionado en más de una publicación el muy mal estado del terreno de juego. Pues bien, las imágenes de la televisión fueron elocuentes en grado sumo al respecto.

 

A esta altura constituye toda una incógnita saber qué sucederá con el campo de juego del Centenario. Era esperable un cancha en impecables condiciones debido al descanso que le había dado la inactividad deportiva.

 

 

Pues lucía como si tuviera encima cuatro o cinco partidos por semana. Las dificultades para el traslado y el pase rasante de los jugadores de Vélez y Libertad fue signo claro de tal estado.

 

Encima con lamparones donde ni siquiera había césped. Si este es el estado del máximo escenario, mejor ni hablar de las líneas que marcan las distintas áreas. Son tenues en exceso. No ayudan en absoluto a redondear lo que debe considerarse un espectáculo. Comentar acerca de la ausencia de asientos en las tribunas Ámsterdam y Colombes… mejor ni hablar.

 

Lo malo es el desaliento que provoca contemplar un estadio en esas condiciones. Lo bueno es que hay trabajo para hacer, y mucho.



El centro de estos artículos es comentar acerca del arbitraje. Vamos entonces a lo nuestro.


De los siete árbitros internacionales actuales, cuatro saltaron a la cancha.
Tres de ellos dieron plenas muestras del nivel que les permite continuar en la categoría.

 

Sin ritmo aún, pero se mostraron sueltos y atentos. Con un criterio adecuado para dirigir este tipo de partidos que son muy raros. No son partidos oficiales, son partidos de práctica. No interesa demasiado a los equipos si pierden, pero tampoco quieren perder. Se rotan planteles, pero sirven para observar jugadores.
Pueden ser simples de arbitrar, pero complejos al momento de dar el tono justo a la conducción merced a ese conjunto de elementos antagónicos que se conjugan en un único encuentro.

 

Vale decir que, en un extremo, el único que tiene algo que perder en este tipo de partidos es el árbitro.  Antes de entrar en el análisis del encuentro clásico, un detalle.

 

En Libertad – Vélez, se convierte el primer tanto, por parte del equipo paraguayo, en clarísima posición adelantada. Vista la repetición una y otra vez puede observarse como el asistente pierde totalmente la línea en los últimos metros, los más importantes. Cuando los jugadores aceleran, el asistente que estaba en la Olímpica sigue en un suave trote.

 

Resultado: gol validado estando quien convierte en posición fuera de juego.

 

Queda claro el motivo por el cual FIFA exige en las pruebas físicas, árbitros asistentes más veloces que los árbitros.
Es un detalle, una jugada, pero en competencia esa insignificante distracción puede traer consecuencias muy graves. Lo peor es que quien carga con el error será también el árbitro.



Siempre un debut en la categoría internacional genera expectativas. Más al tratarse de un debutante en un clásico.
La referida situación permite aquilatar un potencial. Que, por otra parte, ya es hora. En poco tiempo los referentes actuales del arbitraje no estarán, y contar con recambios de nivel ha sido una buena costumbre en el referato uruguayo.

 

 

Se comenzó a develar una incógnita y el resultado fue, lamentablemente, regular.


El árbitro de este último clásico mostró pocas de las cualidades que justamente lo llevaron a ocupar la categoría internacional.

 

Esta categoría otorga visibilidad y esta deriva en mayores exigencias. Que se inician en el propio árbitro y distan mucho de modificar un estilo, una forma de dirigir y sentir el arbitraje. Ahora no se permiten ni claudicaciones, ni desmayos ni distracciones. No es posible arbitrar un partido con pequeños errores que deslucen el todo.

 

El árbitro impuso su autoridad – si se quiere lo más difícil -, pero deambuló con sus fallos. Dio continuidad al juego, pero le costó discernir cuándo era necesario cortarlo. Aplicó sanciones disciplinarias, pero su criterio no fue uniforme.

 

Obvió, en aras de la continuidad, algunas faltas y sancionó otras que no eran. Esto se traduce con la palabra imprecisión. Siendo humanos, la naturaleza nos hace imperfectos, por tanto imprecisos. Con todo hay lujos que un árbitro no puede darse y es ser impreciso, por distracción, mala ubicación o lo que sea, dentro de las áreas.

 

Desde el punto de vista físico le faltó “explosión”. Ese cambio de ritmo abrupto cada vez más necesario en el fútbol actual. Tiene el joven árbitro una capacidad física superlativa a la que acompaña con un físico privilegiado.

 

 

Por eso sería estimable si trabaja específicamente en el desarrollo de la velocidad.

 

Ya es hora de comenzar a trabajar bastante más en serio, a pulir esas pequeñas aristas que ensombrecen una labor arbitral, a estar al más alto nivel cada fin de semana.
Cuesta muchísimo tener ese escudito blanco sobre el corazón. Confiamos en que estamos en presencia de un digno heredero de la tradición del Uruguay en materia arbitral, porque conocemos a la persona – que es lo fundamental – y sabemos de su compromiso con la mejoría constante.

 

Aún no podemos decir ¡Bingo! Sólo que vimos al árbitro del clásico de la copa Bimbo.
Ha conseguido mucho, falta otro tanto aún.

 
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