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El partido estaba fijado par alas 14.15. Un horario extraño para un partido que nunca pensé ver. El trayecto era relativamente corto (85 Kms) para encontrarme con el último partido de Sudáfrica antes del arranque del Mundial. Creáme que las 3 horas dentro del auto en una carretera de pésimo estado (nuestra Interbalnearia es una autopista europea al lado de este camino impresentable) sacaban las ganas de ver a los “Bafana Bafana”.
Tras el eterno viaje, llegue al Super Stadium de Pretoria ( el segundo mejor escenario de la ciudad) ubicado en una zona complicada para la seguridad. Mucha policía y barreras en cada esquina, que separaban una zona de exclusión de similar característica a las que tenemos en los partidos de alto riesgo en el Centenario.
Lo mejor estaba adentro, no en la cancha sino en la tribuna. Preferí la tribuna cabecera antes que el frio palco de prensa. Fue una experencia sensacional. Todos sentados, mucho respeto por la policía que estaba adentro de la tribuna (la antitesis de lo que pasa en nuestro futbol) entre la gente, el amarillo como único color permitido (el desubicado fui yo) formando sin querer un mosaico mágico.
Cada fanático miraba el partido con las dos manos ocupadas. En una el vaso de cerveza (no paran de tomar) y en la otra la vuvuzela. Este último seguramente sea el objeto del Mundial. No dudo que con el paso de los años Sudáfrica 2010 sea recordada como la Copa de las cornetas. Todos llevan una y todos la pueden hacer sonar (no es tan simple como parece) de la manera que mas moleste al rival o al que tiene al lado. En la puerta del Estadio pagando 20 dolares se consigue el kit completo: vuvuzela, sombrero (muy exóticos) y maquillaje para el rostro.
Lo de la cerveza es algo que se repite en muchos países futboleros pero los sudafricanos mantienen ese ritual hasta el final del partido. Los puestos no cierran sus ventas hasta 10 minutos después de finalizar el juego. No dudan en levantarse de su asiento a pesar de que al partido le queden 5 minutos y sea de ida y vuelta.
Primero la vuvuzela, después la birra y después el futbol. Disfrutan del paseo que es ir al estadio, no se desviven por el resultado, no analizan el juego, el juez es un ser inexistente para ellos y a la larga no se van enojados nunca.
Son tipos felices a pesar de que la realidad a veces los golpean. La gentileza con la que se manejan hacen que los extranjeros que estamos en su país disfrutemos hasta de mirarlos.
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