Montevideo, Sábado 04 de Febrero

Urugol

A un click del gol

LUISITO
Felipe Castro
Lunes, 28 de Diciembre de 2009 19:21

La directiva había decidido que cada partido de local debía tener algunas cosas fuera de lo común para atraer más público, y de esa forma aumentar la venta de entradas.  Las arcas de la institución necesitaban acrecentarse; varias ideas de socios y gente allegada fueron recibidas con interés: rifar electrodomésticos con el número de la entrada, organizar espectáculos que animaran los ratos previos a los partidos, pensar promociones o convenios para sumar socios.  Se buscaron auspiciantes y las cosas iban viento en popa.  

Pero lo que más sedujo a la directiva fue una propuesta que hizo el ayudante técnico de la quinta división.  Propuso que todos los botijas de séptima, sexta y quinta que quisieran, hicieran cada semana una competencia de dominio de pelota.  Aquel que la dominara más veces  entraría a la cancha en el entretiempo del partido siguiente de primera división, para mostrar sus habilidades ante el público.  Todos los dirigentes quedaron encantados con la idea, ya que no solo rompería  la tediosa monotonía de los entretiempos, sino que además le daría la chance a todos los hinchas de ver en la cancha futuros valores.  Para los gurises era también una oportunidad de mostrarse, de que la gente los conociera, de ir sintiendo lo que es sudar esa querida camiseta.

El Martes siguiente se pidió a los responsables de cada plantel que informaran de la novedad a los jóvenes valores, y el miércoles de tarde, luego de terminado el horario de las prácticas, la fila de botijas parecía interminable.  Todos querían tener la chance de dominarla ante tanta gente.  El propio ayudante técnico de la quinta escribió los nombres en un cuaderno.  Junto al nombre quedaba escrita la cantidad de veces que se había dominado la pelota antes de caer al piso.  El mismísimo presidente de la institución, muy entusiasmado con la idea, se hizo presente para observar las destrezas de los chiquilines, que esperaban ansiosos el momento de mostrar sus habilidades.

Hubo algunos que no se animaron.  Roberto, por ejemplo, un corpulento back de la sexta que años más tarde sería gloria de la institución, por más que la invitación era para todos, decidió no presentarse. Él creía tener la obligación de aprender mucho más de técnica de balón para enfrentarse a semejante empresa; y además tenía miedo de quedar pegado adelante de todo el mundo.  A otros no les interesaba porque preferían pasar los domingos de tarde haciendo otra cosa.  Algunos preferían ir a ver al equipo sin complicarse la cabeza, y unos pocos, como Luisito, no pudieron ir porque estaban lesionados.

Luisito jugaba en sexta también, pero de puntero derecho.  No era titular todos los partidos, pero su técnica era tan fantástica que cuando entraba solía hacer las delicias de los pocos espectadores que asisten a los partidos de inferiores.  Estaba todo el tiempo dominando la pelota.  Su mamá contaría tiempo después en una nota, que a Luisito no había nada que le interesara más que estar dominando la pelota en la calle, y dándola contra el portón de chapa de un local a media cuadra de su casa.  Sus compañeros envidiaban su habilidad y cuando jugaban juntos se desesperaban por darle la pelota a Luisito para que este, después de alguna pirueta, se las devolviera redondita, siendo parte del “ole” de la despoblada tribuna.

Pero Luis, por un pequeño pero doloroso esguince de tobillo, ese miércoles de tarde se quedó con las ganas de hacer la prueba.  Tan conocidas eran sus virtudes que muchos botijas se animaron a participar porque sabían que Luisito no podía ir.  El propio Marcelo, un número cinco completísimo de la quinta división que más veces la dominó aquel miércoles de tarde, admitió a sus compañeros que participó porque no iba Luisito: “si viene Luis, no tiene gracia”.  

El domingo siguiente la tribuna gozó de la idea y de Marcelo, a quien en diez  minutos que estuvo en la cancha haciendo malabares, se le cayó solo tres veces.  Lo aplaudieron tanto, que el lunes en la práctica el pibe tuvo que contarle a cada compañero lo que era estar dominando la pelota ante tantos hinchas del club.  La semana siguiente no hubo selección porque el equipo jugaba de visitante, y Luisito, ya recuperado, tuvo que esperar una semana más para poder hacer la prueba.  Estaba convencido de que nadie lo podría superar.  Los amigos del barrio solían sentarse en el cordón de la vereda, y apostar refrescos y alfajores sobre cuántas veces la iba a dominar Luisito.  El record lo tuvo un sábado a mediodía frente al almacén de la Tota, aunque no se sabe exactamente la cantidad de veces que la dominó,  porque todo el resto de la botijada se tuvo que ir a comer antes de que terminara.

Al fin llegó el gran día, y el miércoles siguiente Luisito estaba parado en el noveno lugar de la fila.  Verlo venir desanimó a varios de los postulantes. La fila, que antes de empezar daba vuelta al vestuario, luego de que el presidente, después de contar 341 dominadas, le dijo a Luisito que ya estaba bien, no llegaba ni a los tres metros.  Y el domingo siguiente, ante 35.000 personas y con el cuadro ganando dos a cero un partido contra los de arriba en la tabla, Luisito apareció por el túnel en el entretiempo.  La tribuna estaba enfervorizada y no paraba de cantar.  Ese día era importante ganar para conseguir el campeonato, y el equipo estaba respondiendo a la exigencia.  Pero aquella locura pareció aplacarse de repente cuando un adolescente vestido con la camiseta número 14 subió la escalera del túnel locatario dominando la pelota.  La voz de los parlantes anunció el nombre del chiquilín, y como comienzo de un romance que duraría años, Luisito enmudeció a propios y extraños.

Cuando llegó al final de la escalera, le pegó fuerte, para arriba y hacia el medio de la cancha.  Algunos chiflaron pensando que era una burrada, pero al ver que Luisito corría hacia el círculo central y dominaba su propio pelotazo con el muslo derecho, quedaron boquiabiertos.  A los siete u ocho minutos no solo no se le había caído, sino que la había dominado con ambos pies, los muslos, la cabeza, los hombros, el pecho y hasta las canillas.  Y había dado una vuelta completa a la cancha con la pelota en la nuca.  Pero antes de cerrar una muestra de habilidad prodigiosa, con la tribuna coreando su nombre como si lo conociera de toda la vida, Luisito la llevó hacia el área donde estaba apostada la barra local.  Antes de llegar a la medialuna se puso de espaldas al arco y la tiró bien arriba.  Antes de que tocara el piso la dominó con la derecha y hacia ese lado.  Sin dejarla caer y dándose vuelta la acomodó con el empeine izquierdo otra vez para la derecha, y desde la puerta del área sacó un derechazo furibundo que se metió rastrera y pegadita al palo izquierdo.  La pelota dio contra el costado interno de la red y la tribuna, como si fuera en la hora de una final, gritó el gol con alma y vida.  Todos aquellos espectadores imaginaron, como una premonición, que aquello se volvería a repetir alguna vez, pero cuando sucediera sería con un golero en ese arco, y con enfurecidos zagueros intentando cortar el remate perfecto de Luisito.

Todo aquel año, aunque el equipo salió campeón, Luisito fue la atracción principal.  Hasta los periodistas interrumpían sus comentarios de la primera parte para relatar las audacias más increíbles de aquel botija que se ganaba, a pasos agigantados, el amor de la tribuna.  Ahora la fila de los miércoles era para ver quién la dominaba los primeros cinco minutos, porque Luisito estaba siempre.  Y siempre terminaba su demostración con la misma jugada.  La llevaba hasta el área de la popular local, se daba vuelta, la tiraba hacia arriba y después de los dos deliciosos toques, uno con cada empeine, sacaba el derechazo que se metía siempre en el mismo lugar, abajo y contra el palo derecho.

El tiempo pasó, y por insistencia de  la gente, el año siguiente Luisito ocupó un lugar en el plantel de primera división, con 16 jóvenes años.  Pero pasó mucho tiempo antes de que estuviera en el banco de suplentes, porque los técnicos consideraban que no estaba preparado para jugar en esa categoría.  Sí técnicamente, pero el fútbol no es el circo, y hay muchas más cosas que necesita tener un jugador para jugar en primera que habilidades de malabarista.  Pero  una noche entre semana, en la antepenúltima fecha del campeonato, el técnico miró hacia los suplentes que calentaban al costado de la cancha y gritó “dale pibe, vení vos”.   

Era nada más ni nada menos que el clásico.  Los dos equipos peleaban el torneo y esa noche el empate favorecía al rival.  Si terminaba así, la suerte del equipo local, el de Luisito, quedaría echada, y dependería de otros resultados para poder levantar la copa.  Había que ganar o ganar.  Iban 27 minutos de la complementaria, y el uno a uno parecía que no lo cambiaba nadie.  Comenzaron ganando los locales con un golazo de su centro delantero, un flaco espigado que vino de un club del interior, y que increíblemente nadie había visto, porque tenía como 28 pirulos.  Era el goleador del campeonato y esa noche defendió su honor, y recibiendo un centro de la derecha, se levantó más alto que todos contra el arco de la tribuna visitante y clavó un fenomenal cabezazo a media altura, junto al vertical izquierdo del golero que ni se movió.  

Pero ellos, al comienzo del segundo tiempo, armaron una jugada bárbara de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.  Tanto la dieron vuelta, que el lateral zurdo entró como un fantasma por la derecha local, y recibiendo un justo pase del número diez y crack visitante, remató con la parte externa del pie izquierdo poniendo el uno a uno, que era justo con el trámite del encuentro.  Pero el partido había caído en un pozo, cosa que suele ocurrir en cotejos de alta trascendencia, y el técnico local ya había realizado las dos variantes cantadas que solían desequilibrar el juego, sin ningún resultado claro.

Entonces, más por amor que por alternativa, más por pasíon que por razonamiento, la hinchada empezó a pedir por el pibe.  El “Luisito, Luisito” caía como una tormenta sobre los oídos del entrenador, que luego de unos minutos de duda, se volvió hacia sus relevos y lo llamó.  El pibe pareció no comprender de movida lo que el D.T. estaba diciendo.  Era imposible que en aquel partido decisivo, con la necesidad de ganar y con los suplentes que estaban con él, todos ellos de gran jerarquía, el momento para el debut fuera ese.  Todos, incluso Luisito, soñaban con que su primera vez fuera durante algún segundo tiempo tranquilo, con el marcador cómodamente a favor, como para que no hubiera presión.  Pero no, esa noche ante un estadio lleno, se daba el debut en primera de aquel botija que enloquecía a los fanáticos durante los solitarios minutos del entretiempo.  El propio papá de Luis admitió más tarde que cuando vio que el que corría hacia el técnico sacándose el buzo largo era su hijo, casi se muere del corazón: “nunca se me ocurrió que pudiera entrar hoy”.

Pero Luisito, con la 14 en la espalda, dejó que el entrenador le pasara el brazo derecho por encima de sus hombros, en un gesto paternal para darle indicaciones.  “Vas a entrar por José.  Deciles que se armen con línea de tres atrás, Gustavo de libre.  Vos parate entre Emilio y los dos de arriba.  Tratá de tenerla ahí, en tres cuartos, que estamos perdiendo muchas pelotas antes de llegar al área.  Dale, hacé lo que sabés hacer, tenela y pasala al pié.  ¡Dale pibe que hay que ganar, dale eh!”  Y Luisito, con el carnet en la mano y una puntada en el corazón, le fue a pedir el cambio al cuarto árbitro.

Cuando por los altoparlantes se anunció la variante, la gente rugió su nombre.  Había llegado el momento, ese que se vuelve inolvidable para los que lo vivieron, y sueño incumplido para todos los que no tuvieron esa suerte: debutar en primera división.  Los primeros minutos en cancha los ocupó en dar las indicaciones que enviaba el técnico, y en ubicarse más o menos por el lugar en el que tenía que estar.  La primera que recibió fue en tres cuartas canchas, bien en el medio.  No la pudo ni tocar porque antes de que le llegara, el Ruso, un bravo volante rival, le pegó a la altura de los gemelos.  Lo mató de entrada, como para que el pibe viera en donde se había metido.  Con los ojos cerrados de dolor, sentía los insultos que se llevaba el famoso Ruso de la tribuna locataria.  Incluso sintió a lo lejos, cómo sus compañeros lo increpaban con frases como: “te hacés el vivo con el botija”, “mirá que sos bobo Ruso, eh”, “siempre lo mismo contigo, no te hagás el guapo, gil”. Pero lo que lo volvió a la vida no fue la venganza de sus compañeros sino la cabeza fría de Emilio, el crack del cuadro, que lo ayudó a levantarse y le dijo al oído: “dale, dale, que no fue nada.  No te quejes que es lo que quieren.  En la próxima, esperalo y tirale un caño que abre las patas”.  

Otra vez la pelota en tres cuartos y Luisito que recibe, esta vez, tiradito a la derecha.  El Ruso se vino en fija y Luisito, ni corto ni perezoso, no lo dejó frenarse y le tiró el ñoca como a un metro de distancia.  El pobre Ruso no se la esperaba y cuando se dio vuelta, ya había pasado la pelota por entre sus piernas, Luisito por al lado,  y la tribuna coreaba un “ole” que se sintió hasta en Brasil.  Pero la jugada terminó en nada y el uno a uno caminaba irremediablemente a ser el resultado final, y con eso, resignar el bicampeonato tan ansiado por la gente.

Faltando tres minutos, cuando parecía que nada cambiaba, Luisito quedó de espaldas al arco rival, en la medialuna del área.  Era como si todo el resto del espectáculo se hubiera borrado, la noche, los rivales, los jueces, los cantos.  Y Luisito quedó solo, como en los entretiempos, esperando que cayera para finalizar su actuación, haciendo la gran maniobra final, la que terminaba en gol, ese gol imaginario que hoy, hoy puede ser verdad.  Le ganó la posición al 3 rival, puso la colita y se aseguró de que la redonda le cayera adelante.  La gente sabía lo que iba a suceder:  Luisito la iba a bajar con el empeine derecho, giraría, la tocaría de zurda suave para acomodarla a la diestra, y sacaría el feroz remate.  Y Luisito la mató nomás.  La pelota fue hacia su derecha como hipnotizada, quedó muertita en el aire a medio metro de pie de Luis.  Este aprovechó ese espacio y giró.  La astucia y la rapidez con que realizó el movimiento hizo que el “Bomba”, zaguero izquierdo rival, no pudiera mover las piernas.  Quedó clavado al piso y sin reacción.  Pero cuando la pelota quedó ahora a la izquierda de Luis, cuando este ya había completado la media vuelta, el Bomba hizo la lógica: se tiró a buscar esa pelota que parecía suspendida en el aire.  Estaba tan cerca de su pie derecho que no había chance de errarle.  

Pero era lo que Luis esperaba, y la tocó suavemente con su pie zurdo hacia la derecha.  El zaguero pestañeó, y cuando abrió los ojos, ya estaba echado con los pies para adelante viendo rivales y compañeros que corrían hacia él o que miraban algo a sus espaldas.  Lo que nunca vió fue la pelota, que ya se acomodaba mansita en el aire gracias al efecto, para que Luisito sacara el derechazo.  Pero aquella instancia no era como las soleadas y solitarias tardes cuando Luisito culminaba sus piruetas.  Tampoco como los partidos en la lleca con los amigos, que aún siendo buenos jugadores también, ninguno era back derecho de la selección como el “Cabeza”, ese número dos pretendido en el mundo entero, capitán del equipo visitante, que se lanzaba como un gato en busca de su presa, de derecha a izquierda, para interceptar a Luisito.

Luisito, por un momento confió en su habilidad y en su experiencia haciendo esa jugada.  Lo alentó el grito del la tribuna de “pateá”.  Porque era lo que esperaban todos, lo que Luis había hecho tantas veces y que ahora ocurría a estadio lleno y contra el tradicional rival. Pero por el rabillo del ojo izquierdo, cuando sentía la gloria en las manos,  alcanzó a ver una sombra y un dos estampado en un short de ajenos colores.  Quizás le daba para patear sin que cortaran su remate, pero era poco probable.  Aquel zaguero era uno de los mejores que había visto, y su principal virtud era llegar siempre, siempre llegaba a cerrar.  Entonces, como rompiendo un hechizo, Luisito hizo lo que nadie esperaba.  La gente quedó enmudecida, como defraudada de que el pibe no siguiera el ritual, como frustrada de no ver lo que esperaban ver y con angustia de no poder gritar el gol que todos querían gritar.

Y lo que duró ese silencio, fue el tiempo que necesitó Luis para, sin dejarla picar, volver a tocarla hacia arriba con el empeine derecho, para que el Cabeza pasara de largo deslizándose por el pasto, para acomodar el cuerpo de frente a la pelota, y dejándola caer bien delante de él, pegarle con el empeine apretado para no levantarla al palo izquierdo del arquero visitante.  La Pelota salió mordida pero fuerte, y el maravilloso arquero del equipo que a la postre, más allá del resultado de esa noche se quedaría con el campeonato;  ese sensacional arquero que sería figura de la Celeste y de varios equipos importantes del mundo, no llegó por un centímetro.  El tiro lo agarró justo antes de apoyar su pierna derecha en el segundo paso que dio hacia ese lado.  Había cubierto el primer palo, el izquierdo, en un correcto gesto técnico.  Pero ante el inesperado toque de Luisito, corrigió hacia la derecha para achicar el otro palo también.  Y en ese momento, justo antes de apoyar su diestra, salió el remate.  Cayó sobre su pierna izquierda pero sin impulso, sin pie de apoyo.  La pelota le pasó a un centímetro del dedo mayor de su mano izquierda y fue a meterse junto al palo zurdo.  El grito demoró dos o tres segundos que parecieron una eternidad.  Luisito hasta dudó de que el juez hubiera cobrado algo porque nadie gritaba: todos quedaron mudos.  Y de repente, como trueno que cae inesperado y que retumba en cada rincón de la tierra, llegó el grito de tres letras más maravilloso.  

La gente se pellizcaba, no podía ser cierto, parecía un sueño.  El equipo ganó dos a uno, y aunque no ganó el campeonato, todos recordarán cuando Luisito, que después sería parte de la década más exitosa del club, hizo lo imposible de lo imposible.  Como demostrando al mundo una vez más, que en el fútbol, como en ninguna otra cosa sobre la tierra, puede ocurrir lo inimaginable en el momento más inesperado.  Y que la invención más maravillosa del Ser Humano no nace en un laboratorio ni en un parlamento.  Nace en la calle, haciendo que una pelota no llegue a caer al piso.
 
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