Montevideo, Sábado 04 de Febrero

Urugol

A un click del gol

DON QUIJOTE
Felipe Castro
Lunes, 28 de Septiembre de 2009 20:51

 

 

La siguiente sucesión de notas pertenece a un autor anónimo español, y dan cuenta del asombro que sintió al descubrir el amor por el fútbol de su país manifestado por un grupo de uruguayos en la región de La Mancha. Estas notas fueron encontradas por mi amigo el Rolo en un subte en Barcelona; me las mandó hace tiempo y sinceramente, no sabía qué hacer con ellas. Pero este fin de semana no pude ir al estadio porque soy músico y me tocó irme a tocar al interior. Tanta fue mi desazón al saber que no podía estar con mis colores y mi gente, que consideré este momento como el apropiado para compartirlas con ustedes. Así que a continuación transcribo de forma textual las anotaciones del desconocido escritor ibérico.

 


En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me es imposible acordarme porque soy de Navarra, detuve mi coche en una taberna cercana a la autopista. Necesitaba beber una caña para poder continuar mi viaje. Al entrar intuí a simple vista que la gran mayoría de los presentes debían ser inmigrantes; no sé muy bien por qué, quizás por esa percepción nacionalista que algunos españoles tenemos. Al poco rato me di cuenta de que no estaba equivocado: absolutamente todos eran inmigrantes. Lo más curioso fue descubrir que eran todos uruguayos, uruguayos de Uruguay, como este Diego Forlán, que según tengo entendido es una hostia haciendo goles. Mis conocimientos futbolísticos son realmente pocos, y de no ser por el cansancio y por la novedad de sentirme más en Uruguay que en España hubiera huido de allí de inmediato.

 

Pues bien, el hecho es que estos uruguayos eran todos grandes futboleros, hinchas cada uno de un equipo diferente. Los detallo porque luego de un rato todos se presentaron, como en un juego televisivo para chavales, diciéndome su nombre, el equipo del que eran hinchas, el tiempo que hace que viven en España y algunas de las razones que los había traído a estas tierras. El Chicle García era un flaco algo rubio, de cara más que amistosa. Chicle era su sobrenombre porque siempre estaba con goma de mascar en la boca. Fue el que rompió el hielo conmigo, el foráneo del lugar, contándome que era un fervoroso hincha de Racing. Descubrí que en Uruguay se utilizan muchos aforismos ingleses, ya que había otro que era hincha de Liverpool y se llamaba Washington, y había un pequeñajo por demás ocurrente al cual llamaban “Corto” y cuyo cuadro era Wanderers. Mi fascinación en aquella tardenoche manchega crecía sin parar.

 

El “Nueve” era un castizo de manos curtidas hincha de Peñarol, uno de los dos equipos que conocía de aquel país. Le decían Nueve porque un arado le había sacado el dedo índice de su mano derecha. Me contó que durante la última crisis económica que sufrió su país vino a España en busca de mejor suerte para él y su familia, y que sin querer había dado con aquel lugar donde encontró ya radicados a estos compatriotas suyos. Consiguió trabajo en una granja cercana y pues nada, allí estaba desde entonces.

 

Todas las historias eran algo parecidas, salvo Juan, un calvo enorme que se vanagloriaba de ser de la tierra de donde nació Gardel - dando por sentado que yo sabía a qué parte de Uruguay se refería - y que había llegado a España escapando del carnicero de su pueblo natal, hace muchos años, cuando era un chaval. Pues resulta que, según me contó ante las risotadas de sus colegas que le pedían que repitiera por enésima vez la misma historia, cuando era un joven de diecitantos años se veía a escondidas con una cincuentona de enormes pechos y muy afecta a los revolcones. El problema es que esta tía era la esposa del carnicero del pueblo, que por tratarse del único carnicero del pueblo, era una eminencia. Una noche en un baile en la escuela del lugar, al cual habían asistido todos los habitantes, la señora entrada en copas no tuvo mejor idea que comenzar a los arrumacos con el bueno de Juan, en un rincón oscuro. No le importó que su marido, también entrado en copas, estuviera cerca y Juan, con la efervescencia de la juventud, tampoco se preocupó de la cercanía del esposo. Pues nada, que aquel lugar oscuro de repente dejó de serlo y Juan se percató de que era el escenario, donde unos músicos comenzarían a hacer bailar a los presentes.

 

Menuda sorpresa se llevó el pueblo entero al ver a la esposa de su majestad, el único carnicero del pueblo, con las ropas medio arrancadas apretujando con un mozalbete. Tanta fue la vergüenza y la deshonra de aquel señor, que comenzó a correr a Juan cuchillo en mano y no se detuvo hasta la carretera. Juan marchó a Montevideo, que es la capital de Uruguay, y a los dos días, todavía soñando con aquel cuchillo desenvainado, marchó hacia España donde vivía su abuela.

 

Ningún otro me pareció digno de mención, a no ser por Omar, un moreno también calvo al cual apodaban “El Mudo”, pues porque no hablaba nada. Me enteré por los demás de que era hincha de Nacional, porque él ni jota.

 

Me contaron entonces el motivo de su reunión aquel domingo tan entrada la noche. Todos coincidían en que lo peor de vivir lejos de su tierra era no poder ir a ver a los equipos de sus amores. Era realmente extraño, porque a mí no me gusta el fútbol, y sin embargo cada palabra, cada lamento, calaba hondo en mi corazón. Cada uno se imaginaba en las tribunas de los estadios de sus equipos y repetía cánticos indescifrables - aún tratándose del mismo idioma, algunas palabras de aquellos hombres hacían que me sintiera ruso entre hispano parlantes -. Nombraban personajes, comidas, olores, colores, jugadores en cantidades. Muchos que ellos habían visto y muchos que no, ya que habían comenzado a jugar cuando ellos ya estaban viviendo en España. Parece que por esta cosa de que la plata es lo más importante de todo, nosotros, que apenas ganamos una copita europea, le mostramos nuestro fútbol a todo el mundo. Pero ellos, que fueron dos veces campeones mundiales, adivinan cómo jugará tal o cual, porque en las cadenas internacionales rara vez muestran las mejores jugadas sudamericanas.

 

Sin embargo todos sabían cómo iba el campeonato de su tierra. Y bromeaban, y sacaban cuentas, y anticipaban resultados. El único que no hablaba – pero que en un momento descubrí cómo se le escapaba una lágrima - era Omar, el moreno. Fue cuando nombraron un tal Parque Central, que supongo sería el estadio del Nacional, su equipo. Todos estaban realmente afligidos cuando recordaban colectivamente que ninguno había podido ir a ver a su equipo, a estar con su pueblo, con su gente. Contaron cuánto costaba el boleto y me asombré al descubrir que en Uruguay el fútbol es mucho más popular que aquí, popular en el sentido de lo que cuesta. Aquí en España pagar un boleto para ver al Madrid es para unos pocos, no para el pueblo. Les juro que por un momento tuve el profundo deseo de ser hincha de alguno de aquellos equipos, pero al ver aquel desencanto en tantos ojos preferí seguir así, sin tener ese alocado e inexplicable amor por un club de fútbol, por las dudas de que me tuviera que ir de mi tierra y añorar, como todos estos hombres, esos colores.

 

Pero había algo que los tenía entusiasmados. Don Quijote, un amigo de muchos de ellos cuando aún vivían en su país, los iba a llamar a la taberna desde Uruguay esa misma noche. Le decían Don Quijote por una marca de nacimiento que llevaba en su mejilla izquierda; por ella le habían puesto Don Quijote, el de la Mancha. Casualmente a La Mancha se habían ido a vivir muchos de sus amigos, que allí esperaban ansiosos su llamado. Y claro que esperaban encontrarlo bien, que diera buenas noticias de su familia, que contara cosas del barrio, de las familias de los presentes. Querían saber si no había ningún enfermo, y deseaban que los enfermos se hubieran curado. También les interesaba cómo andaba la situación de su país, en la política, en la economía. Pero lo que realmente les importaba, lo que de verdad les quitaba el sueño a estos chavales era que Don Quijote, sin lugar a dudas, debía de haber ido a ver a otro equipo de nombre inglés: a River Plate.

 

El tiempo pasaba y el silencio y la ansiedad se fueron adueñando del lugar. El único que no cambió en nada fue Omar, que seguía sin abrir la boca. Y de repente Pocholo, el tabernero, un hombre de modales elegantes y hablar pausado del que se burlaban por ser hincha de un club llamado Cerrito, pegó un grito, corto pero casi estridente, al unísono con el timbre del teléfono. Pocholo fue el que atendió, y comenzó una larga conversación, deteniéndose de familiar en familiar, mirando a los ojos al involucrado. Los demás se habían acercado al aparato, como si estando cerca de él se sintieran más cerca de su tierra. Luego de algunos minutos, cuando las noticias dadas por el tabernero no tenían nada de novedosas, los escuchas comenzaron a impartir órdenes al interlocutor. Que cómo fue el partido, que quién comenzó ganando, que si había mucha gente… no sé. Muchas cuestiones futbolísticas que no entiendo. Lo que si entendí, es lo importante que es el fútbol en aquel lugar del mundo. Cómo a través de un teléfono puede pasar tanto amor, tanta pasión, tantos recuerdos.

 

Hasta que Pocholo finalmente preguntó cómo había salido el partido. Aquella tarde River Plate enfrentaba al Nacional, al equipo del silencioso Omar. Según habían comentado debía de haber estado super guay, porque los dos tenían buenas plantillas y buen juego. Con aquella pregunta viajaban telefónicamente todos los deseos, la ilusión y las ansias de un grupo de chavales, lejos de su tierra, que aún siendo hinchas de diferentes equipos, mandaban en esa pregunta la angustiante nostalgia de no estar cerca de los equipos de sus amores. Pero Pocholo ni se sonrió, ni se enojó, ni se emocionó: hizo silencio. Y en silencio fue pasando la mirada de uno en uno. Hasta Omar lo miró a los ojos, como esperando desesperado sus próximas palabras. Pocholo siguió hasta encontrarse con mis ojos, que demostraban ansiedad aún sin tener ni jota que ver, y dijo: “Dice Don Quijote que no fue al estadio porque se quedó mirando por la tele un partido del Mallorca, porque hay un nigeriano que la rompe”.

 

Supongo que “la rompe” debe ser porque juega bien, pero lo que estoy seguro que se rompió fue el aire en aquel momento. ¿Cómo aquel Don Quijote, único embajador de esos uruguayos en Uruguay, se había quedado viendo fútbol español en vez de ir al estadio? ¿Cómo explicarles a sus corazones aquella traición, que encima fue con el fútbol de donde ellos vivían y que tan poco les importaba? Qué injusta que es la vida muchas veces, pensé. Qué injusto que es el dinero cuando hace creer al mundo entero que es más importante que el amor.

 

Reconozco que terminó siendo una de las noches más hermosas de mi vida y que, para recordarla siempre, he decidido pasarla a papel. Quién sabe… tal vez un día puedo viajar a Uruguay y hacer llegar hasta aquel desconocido pueblo un atisbo de cómo los vemos desde aquí.

 

Pero si algo me faltaba para terminar una noche como pocas, antes de irme sin demasiadas despedidas y sin pagar, todo por el enojo reinante, era escuchar lo que escuché de boca de Omar, el que no había dicho una sola palabra en toda la noche. Omar le quitó el teléfono de las manos a Pocholo el tabernero y dijo lo siguiente, regalándome el mejor final para mi cuento “uruguayo”: Don Quijote…¡andá a lavarte el culo!


 
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