| Felipe Castro |
| Martes, 15 de Septiembre de 2009 11:36 |
|
Cuántas veces, en el trajín del trabajo diario, uno recuerda las hermosas épocas de la niñez y la adolescencia cuando todo era un juego, hasta ir a la escuela o al liceo. Todo estaba envuelto en esa fascinación que representa no tener los límites de la realidad y la imaginación, entre el ingenio y el esfuerzo. Todo mezcladito como en el más rico de los guisos de la abuela. Yo miro a mis hijas, y a usted le puede pasar con los suyos, con un sobrino, un hermano o un vecinito: las tipas se ponen a jugar a las muñecas y se nota a simple vista que están haciendo dormir al bebé, le dan la mema, arman una ciudad hecha con maderitas, y todo de verdad. Eso está sucediendo realmente en su cabeza y nosotros, ajenos a ese mundo de maravillas, lo miramos con la sana envidia de habernos mudado irremediablemente al mundo de los grandes.
El fútbol, como cualquier otro juego, da la posibilidad a los grandes de alargar aunque sea por unos años esa maravilla de tomarse en serio lo que es en broma. Porque el fútbol es un juego. Lo sensacional es que estira la ilusión de todos, de los que juegan y los que lo ven jugar: no se puede perder de vista que los jugadores son eso, jugadores. Es muy difícil cargar de responsabilidades a tipos que están jugando; responsabilidades que pertenecen a otro mundo: el de la realidad.
El fútbol fue, es y doy por descontado que será mi preferida ilusión, por eso estas pavadas que la barra de URUGOL me deja escribir cada semana. En la nota anterior me calenté con Uruguay, como Inesita, mi hija menor, que se calienta con “la colorada”: una muñeca de pelo rojo que tira para abajo de la cama como si la fuera a odiar para siempre. Pero a los dos minutos la está arrullando y dándole los besos que ni a nosotros nos da. A mí, en vez de dos minutos, la calentura me duró tres días. Al cuarto estaba abrazándome con mi amigo el Leo en la platea América gritándoles el gol en la jeta a los colombianos que estaban en la tribuna.
Porque el fútbol es un juego. Y por suerte para mi labor de comentarista, puse al final de la nota que todavía estamos con chance y que había que alentar, porque si daba por muerta a la Celeste iba a tener que hacerme otro auto-análisis como el de hace un tiempo atrás en aquella columna: “hablando de fútbol conmigo mismo”. Pero como el fútbol es un juego y siempre pasa lo que no puede pasar, hay que tener esperanza. Ahora ya me gusta para ganar en la altura.
Quizás algún bolso - como el Nacho - que me tiene alquilado, piense que no voy a hablar de Peñarol. El fútbol es un juego y como en cualquier otro se gana y se pierde. Peñarol perdió y aquí me tienen hablando de su derrota. Pero lamentablemente no pude ir al Estadio - otros compromisos laborales- , así que no puedo analizar el partido. Lo que sí puedo hacer es tratar de explicar las razones que llevaron a la gente a pedir que Ribas se vaya y por qué los dirigentes decidieron darlo de baja. Y es simplemente por lo que dice el título de la nota, porque el fútbol es un juego. Pero es tan apasionante ese juego, es tanta la desesperación de los grandes de poder seguir disfrutando de ese mundo de maravillas, que a veces no tomamos en cuenta que hay gente que trabaja de él.
Estoy más que seguro que a la gran mayoría de los hinchas que vamos a ver a Peñarol no nos alegra que una persona se quede sin laburo. Pero el fútbol es un juego y no cuentan los mismos ideales que en el resto de las cosas. En este juego también desaparecen los límites para expresarse, para sentir, igual que en los de los niños. Con todo respeto por la persona de Julio Ribas, a veces parece olvidarse de que los jugadores juegan, como los niños. Por eso, solamente por eso, la gente quería que no fuera más el técnico de Peñarol. Yo, como la mayoría de la tribuna, no lo conozco personalmente, y sin embargo me doy cuenta de su amor por la institución. Nadie duda de que Ribas sea hincha de Peñarol: queda claro cada vez que le hacen una entrevista. Y también queda claro que le dedica un trabajo impresionante a la causa, que trata de despertar en los jugadores sentimientos fundamentales como hacerse fuerte en los momentos difíciles, enfrentar la derrota con hidalguía, no agachar nunca la cabeza. Eso seguramente les sirva a cada uno de sus dirigidos para siempre, en el fútbol y en la vida.
Pero el fútbol es un juego. Generalmente gana el que juega mejor, y no el que tiene más ganas de ganar. Peñarol no ganó muchas veces, y no ganó porque por lo general no jugó bien. No atacó por las puntas, no generó espacios para sus delanteros. No se movió bien en el medio, perdió pelotas en cantidades industriales, no ubicó los jugadores correctamente en la cancha, no se agrupó bien en defensa, no defendió acertadamente la última zona y erró goles. Así es muy difícil ganar, por más que uno esté recontra convencido de que es invencible... porque el fútbol es un juego.
Con la excepción de golpear y mucho más patotear a otra persona por ser hincha de otro cuadro - lo que considero una reverenda idiotez adulta sin nada que ver con el deporte - todo lo que pasa a causa del fútbol es una extensión de la fantasía de jugar. Siempre había entre los amigos de la niñez alguno que se calentaba si perdía a la escondida y se iba para la casa argumentando que era pan quemado cuando todos vieron que estaba atrás de la columna. Así también, en la desesperada necesidad de que el mundo de las maravillas no termine nunca, la tribuna putea, los viejos putean, el abogado, el cocacolero, el plancha, el presidente, el cheto, mi madre, todos putean. Porque el fútbol es un juego.
¿Alguien puede asegurar que Bengoechea o quien venga va a hacer que Peñarol gane todos los partidos? Una pregunta que no necesita contestación. Pero para el próximo D.T. la premisa va a ser la misma: generalmente gana el que juega mejor. No siempre, pero desde mi humilde opinión, es más conveniente y eficaz tratar de jugar bien que convencerse de no perder, en la altura, en el Estadio, en la lleca o en la playa. Porque el fútbol es un juego. |