Montevideo, Jueves 17 de Mayo

Urugol

A un click del gol

AL OTRO DÍA
Felipe Castro
Lunes, 27 de Junio de 2011 14:10

 

 

 

El problema no es la noche del partido.  El problema es cuando al otro día abrís los ojos.  Porque un partido es un partido.  Por más expectativas sentimentales que uno tenga, el momento del juego se interpone entre la razón y el sentimiento y muestra las cosas más claramente.  Es decir, anoche Santos ganó bien, sin discusión.  Lo hermoso del fútbol es eso.  Perdimos bien, se acabó.



Pero cuando se termina el sueño, con la mañana vuelven a aparecer los recuerdos, esos momentos tan alucinantes que se vivieron durante tantos meses.  Los hinchas aurinegros volvimos a la gloria mundial, a codearnos con lo más graneado del mundo futbolístico.  Estuvimos a dos partidos de enfrentar al inigualable Barcelona.  


Y cada uno de los instantes vividos en la Copa hizo del partido de anoche el más importante para miles de hinchas, para cientos de miles de hinchas.  Y fue el partido mismo el que nos hizo olvidar de todo eso.  Un partidazo. Por más que Peñarol no terminó de enganchar una sola jugada del gol, excepto la del gol, que se la metieron ellos, y una en el primer tiempo que Olivera no entendió como Mier no se la puso en el punto penal y se la dio al arquero.



Pero esta mañana se corrió del medio el partido y quedó a la vista la magnífica Copa, y también la final perdida.  Quedó a la vista que no salimos campeones de América.  El cruel y maravilloso deporte del fútbol, fiel representación de la vida nos demuestra en cada Copa, cada campeonato, cada partido, cada minuto, que las cosas pasan cuando uno espera y también cuando uno no espera que pasen.

Era difícil imaginar perder la final antes de la final.  Porque no estaba en el medio el partido.  Porque en definitiva es eso, un partido, un juego.  Era difícil porque Peñarol había hecho todo lo necesario para ser Campeón de América.  Tuvo una maravillosa defensa, la mejor me animo a decir.  Dos laterales que, uno por joven y otro por viejo, hicieron partidos donde parecía imposible que los pudieran pasar.  En el caso del gigante Darío, no sólo como defensor sino siendo la salida más clara del equipo.  Anoche le taparon la subida para que no pensara libre de mitad de cancha hacia adelante.  Hasta ese punto llegó Darío Rodriguez.



Alejandro González pasó de ser un impetuoso zaguero joven que intentaba siempre anticipar, alternando grandes quites con papelones, a ser un tiempista sensacional, indiscutible titular tanto sea como lateral, como zaguero o como cualquier cosa.  El hormiga Valdéz  se ganó el respeto de la falange aurinegra con prestancia, presencia y categoría.  Guillermo le pegó a todo lo que pasó cerca, especialmente a la pelota que casi siempre le pasaba cerca.  Y los cuatro fueron importantes en el cabezazo ofensivo, de yapa.



A sacarse el sombrero por un centro half uruguayo, como el mate, más.  Los corrió todos los partidos a todos, a todos.  Parecía que lo iban a echar pero no, Freitas desplegaba su juventud, su fuerza, su ímpetu quitando y apoyando y no lo echaban.  Mi viejo a Aguiar le puso el maguito, por lo menos yo lo escuché a él decirlo.  Un maguito, sacando conejos de la galera como el centro del segundo gol contra el Inter.



Ayer no anduvo, es cierto.  Si el plan es analizar la Copa y no el partido porque ya estamos al otro día del partido, entonces Aguiar fue uno de los dos jugadores más importantes del equipo.  Esa es la pura verdad.  Marcó, metió y jugó.  A tal punto que el Maestro lo hubiera pre seleccionado si no fuera porque ahora en Uruguay ahora se hacen las cosas en serio y si no estuvo el 15 chau pinela.  Quedará para las eliminatorias.  Pero si el Maestro, con lo que le cuesta meter una cara nueva lo iba a llamar, es muestra clara de la Copa que se mandó.

 

De los de afuera, Corujo un jugador para muchos años más.  De lateral, de volante, llegando hasta el área rival y defendiendo hasta la línea de fondo propia.  Recorrido de fútbol moderno y con gol.  Sensacional jugador de un futuro sin techo.  Mier fue un poco más discutido, pero en un equipazo no hay duda que son titulares los que merecen serlo.  Hasta que el Santos lo estudió y lo defendió, fue una sorpresa para todo el resto de los rivales.  Ayer trancaron a Darío, y al trancar al pasador trancaron también al receptor.  Salvo en aquella primera jugada, nunca quedó en posición favorable para atacar.



Y arriba estaba Martinuccio que enloqueció corriendo a todos. 
Por alguna razón desconocida, Martinuccio se las arregló para picar sin oposición de izquierda o de derecha al medio, para recibir a la carrera, con pase a la derecha con Corujo, a la izquierda con Mier, a cualquier lado con Olivera o para resolver él, que casualmente es lo que más le gusta.  O si no, los apretó en el medio y los sacó a pasear por las puntas.  Pero a Martinuccio también lo marcaron.



Y si sumamos que Aguiar no anduvo como anduvo siempre, que trancaron la subida de Darío, que Mier no recibió, que Corujo también tuvo una estudiada marca y que a Martinuccio al fin le trancaron las diagonales para adentro y para afuera, es lógico que a Olivera, el jugador más importante del equipo desde mi humilde punto de vista, no le quedara una sola pelota.



Olivera fue el jugador de Peñarol, por la sencilla razón que era quién hacía los goles.  Ninguno de sus compañeros fue tan decisivo como para quitarle al gigante Juan Manuel el papel de ser el más desequilibrante de todos, porque la mandaba a guardar.  Ni la calidad de Aguiar ni la velocidad asesina del porteño, ni el tesón de Corujo ni la precisión de Mier, pudieron suplir la falta de gol del número 9 aurinegro.

 

Sólo por eso Peñarol sufrió más de lo debido ante el fabuloso Vélez.  Si Juan hubiera estado claro como en todos los partidos anteriores, Peñarol clasificaba sin tanto alboroto.  Y anoche, esa maldita noche, el gran goleador, al que seguro veremos vestir también la Celeste, no encontró una sola pelota que le diera la chance de inflar la red.  Acá en el Estadio tampoco, porque Santos se cuidó, estudió, no se cebó como hizo el Inter, por ejemplo.  No alcanza sólo con ser brasilero y sacar un buen resultado de visitante.



Santos estudió a Peñarol en el Estadio y lo repasó en Pacaembú.  Tuvo claro sus movimientos y no dejó, como dijo muy preciso Enrique Yanuzzi después de la primer final, no dejó que Olivera recibiera nunca de frente.  Lo sacó del picadero, de la troya, de su zona de peligro.  Eso primero, después todo lo demás.  Y la gran diferencia fue que le buscó variantes ofensivas a lo que hizo en Montevideo, bien defendido por Peñarol.



Y el gran Diego Aguirre, pase lo que pase ídolo eterno, respondió a las expectativas de los dirigentes que lo trajeron y de la hinchada que lo ama.
  Armó una defensa incomparable, un medio juego duro y preciso, y un ataque furibundo.  Quizás Diego volvió a confiar demasiado en una ofensiva que no funcionó en la primer final.  No varió demasiado la propuesta de ataque en la revancha, que sí fue lo que hizo su rival.



Pero tampoco era descabellado pensar que le fuera a dar resultado.  No podía ser que Corujo y Mier no desbordaran con peligro, no era probable que Aguiar estuviera de nuevo apurado o que Martinuccio y Olivera no se hicieran espacio para crear chances.  Pero en el fútbol como en la vida pasa muy seguido lo menos probable.  Y Santos se encargó de hacérselo mucho más complicado.



Lo único que me es difícil de entender es porqué cuando nos hicieron los goles, cuando no se veía por donde se podía dar vuelta la cosa, cuando la chance parecía ser tan sólo el amor propio y eso que tiene Peñarol que lo llevó e descontar incluso, porqué no puso a Pacheco.  Desde la sencilla pero dramática posición de hincha, estoy convencido que cuando lo trabajado durante meses no da resultado, cuando todo lo que funciona deja de hacerlo, hay que confiar en la inspiración, en la calidad, en eso que hace a algunos jugadores únicos, maravillosos, espectaculares.


Pacheco es el único jugador con esas características en este y en muchos Peñarol.  Antonio es uno de esos responsables de que el fútbol sea tan lógico como inesperado.  Una vez escuché a Babington, un ex jugador que según parece fue mucho mejor jugador que dirigente  dado el descenso de Huracán de Parque Patricios, equipo del que actualmente es presidente, comentar aquel Mundial donde Bielsa no llevó a Riquelme y Argentina quedó afuera en la primer fase, en Corea y Japón.  



La máquina de ataque albiceleste, de repente se enfrentó a la situación de tener que ganar obligado ante Inglaterra y a la mismísima defensa inglesa, con el partido uno a cero en contra.  Babington decía que Riquelme pudo haber dado ese pase milimétrico y entre líneas del que Argentina no había precisado nunca, gracias a aquel vértigo asesino con el que ganó de cabo a rabo la eliminatoria.



Peñarol siempre tuvo esa chance que lo hizo seguir en la Copa.  De una manera u otra se las arregló para continuar hasta el final.  Pero anoche, todo lo que había dado resultado falló, todo lo que siempre pasó dejó de pasar.  Y Quizás, con lo incierto y en vano que es cualquier comentario sobre lo que habría pasado de haber ocurrido algo que nunca ocurrió, se me ocurre que Pacheco le podía haber dado una mágica solución a una situación que precisaba de algo de fantasía para concretarse.  Hacer un gol ya era difícil por cómo se dio el partido.  Un gol hicimos, pero teníamos que hacer dos.  Quizás Antonio, quizás.



Pero Diego fue el sensacional técnico de un Peñarol sensacional, nada que discutir.  Con sus decisiones ganamos y con sus decisiones perdimos.  Y por eso él es el técnico, por eso él está ahí, sufriendo como nadie desde su lugar, y yo estoy sufriendo también, pero sin más responsabilidad que el sentimiento.  Nada tengo que ver con el maravilloso trabajo que hicieron Aguirre y todo su cuerpo técnico.


Uruguay mis amigos, está ahí.  Aquella semifinal Nacional y esta final Peñarol.  Cerquita.  Y Uruguay cuarto.  Cerquita.  Ya los tenemos, ya no hay diferencia, es cuestión de tiempo.  Quizás esta Copa América sea el principio de una etapa de llegar a lo más alto.  Quizás se hayan terminado ya los años de quedar ahí.  Lo cierto es que estos años de quedar ahí nos han llenado de alegría, de orgullo, de vida.  El fútbol uruguayo está más vivo que nunca.



Eso pensé anoche, hasta la última pelota, hasta el último segundo.  Por eso al otro día es más difícil.  Porque aún cuando terminó el partido estaba esa esperanza ilógica de que todavía algo podía pasar.  Quizás por eso pintaron unos coscorrones al final.

 Pero al otro día, cuando llega la mañana, con el nuevo sol también se ilumina la idea de que lo mejor está por venir.  Empezar de nuevo, con valentía, con esperanza.  Parece que viene el pibe Caballero de Cerro, que Olivera no se va, que La Copa América nos va a ahorrar un poco de invierno y que me muero por volver a sentarme en la vieja Amsterdam, cobijado por el astro rey de los últimos fríos invernales, para ver cual botija está para jugar, para escuchar la previa, para ver a mi cuadro.  Siempre lo mejor está por venir.  A mí eso me lo enseñó mi Peñarol querido.
 

 
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