| Felipe Castro |
| Sábado, 18 de Junio de 2011 16:28 |
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Aquellos que han leído algunas notas de este humilde servidor habrán notado que no me gusta analizar con la inmediatez que se manejan las cosas en casi todos los ámbitos periodísticos deportivos. En realidad todo lo que refiere a las noticias, tanto deportivas como de cualquier índole, son tratadas en el momento en que ocurre algo notorio. Luego se va dejando de lado y hasta deja de existir en el mundo noticioso.
Esta noticia, que es mucho más importante que un partido de fútbol, probablemente se deje de analizar en una semana, y los niños sigan congelándose, sin baño o con termitas cayendo del techo cuando están comiendo, como contó la presidenta del sindicato. Y lo peor de todo es que seguirá en el tapete la baja en la edad de imputabilidad, esa ley que intentan llevar adelante para mandar presos a esos adolescentes que fueron a esas escuelas. Dicho así, es mucho más tragicómico. Hasta vomitivo le diría.
En la nota pasada comenté que como sociedad deberíamos proceder como estamos procediendo como hinchas. Yendo a todos lados, participando directamente en los momentos decisivos. ¿Por qué? Porque en el fútbol las cosas están yendo sensiblemente mejor.
Futbolísticamente hablando, los percherones son esos volantes que sólo se dedican a marcar, y cuya única arma ofensiva puede llegar a ser el cabezazo. Puedo decir se dedicaban, porque no se me ocurre ninguno en actividad. Pero en un momento fueron parte fundamental de nuestro fútbol, y quizás esa pueda ser una de las tantas razones del poco éxito internacional de nuestros equipos.
Muchos fueron más que exitosos en nuestro país, y reconozco que cualquiera de ellos me podría decir que serían burros pero jugaron años en primera, y yo no. Tendrían toda la razón, y por eso los admiro y les tengo muchísimo respeto. Lo que no quita que su trabajo en la cancha quizás no fuera lo suficientemente productivo para poder competir internacionalmente.
Lo cierto es que Carrasco le corrió un tupido velo a la era de los percherones y eso fue muy beneficioso para el fútbol uruguayo. Carrasco fue una especie de Capalbo. Cuando el gran Marcelo empezó a jugar, era como si el resto de nuestros basquetbolistas fueran carretas. Se la sacaba al grandote que tomaba el rebote y empezaba el doble ritmo en el tablero rival antes que los otros 9 cruzaran la mitad de la cancha.
El otro día, luego del partido contra Holanda, con Jair, un amigo que no jugó en Italia porque no quiso cambiarse de horario en el liceo para ir a practicar a Miramar, comentábamos que tanto a Argentina como a Brasil les pasa lo mismo que a nosotros antes de esta selección. Dependen de sus individualidades, que son maravillosas, es cierto, pero que no funcionan como equipo. Nosotros dejamos de ser un cúmulo de buenos jugadores para ser uno de los mejores equipos de la tierra.
Y en ese concepto de que lo más importante es el equipo, mucho tiene que ver Carrasco. También es verdad que Juan es, desde mi punto de vista, un poco exagerado en este punto. En lo personal considero que resaltando las individualidades y valorándolas se le da más importancia a la totalidad del equipo. Pero cada uno piensa como quiere y en el fútbol como en la vida no hay fórmulas perfectas.
Lo cierto es que con su manera particular de ver el fobal, Juan Ramón del Yí, y lo digo con cariño por muchas personas que he conocido últimamente de ese hermoso lugar de la patria como es Sarandí del Yí, muy céntrico si no fuera por nuestra arrogante capitalina manera de ver las cosas, Juan Ramón del Yí salió campeón.
He escuchado a varios de nuestros principales periodistas criticar en cierta forma a Carrasco porque nunca Nacional mostró el fútbol que desplegó River por ejemplo, con el mismo entrenador. Es cierto, salvo en algunos momentos Nacional no fue un ballet, como sí lo fuera la Dársena en aquel Clausura que peleó palmo a palmo con Peñarol y que después tuvo a Defensor como Campeón uruguayo.
Pero sin ser tan vistoso, sin deleitar a propios y ajenos, logró lo que aquel River no pudo lograr. Y no solo eso, fue el más goleador, el arco menos vencido, ganó un clásico y empató el otro y en las finales no le dio chance ninguna al violeta, aún sin ser nada del otro mundo.
En este país las cosas hay que hacerlas como marcan la moral y las buenas costumbres. No importa que salgas campeón, no importa que las escuelas se caigan a pedazos. Acá hay que atender a la prensa cuando la prensa quiere, hay que concentrar siempre, hay que poner a los jugadores en los puestos que hay que ponerlos, hay que tener la cabecita clara, ser humilde, callado y sumiso. Acá hay que proteger las inversiones, hay que darles mensajes concretos a los propietarios de 10.000 hectáreas y hay que velar por la seguridad de las vecinas angustiadas de 21 y la Rambla.
En este país hay que hacer lo que hay que hacer, y si no, andá que te cure Lola. Acá la vanguardia sufre, como en todos lados, pero acá más. Todo lo que sea salirse un poco de lo correcto necesita de meses, años, décadas para ser aceptado y valorado. El propio Artigas estuvo casi 100 años en el ostracismo. Así que Juan, tené paciencia.
Por mi parte, como soy terrible manya, me viene fenómeno que hayas dejado de ser el técnico de Nacional. Después me preocuparé del que te suceda en el cargo y veré si es mejor o peor que vos. Por ahora estoy con la cabeza en otra cosa.
Pero aún estando donde estoy, es mi obligación como comentarista futbolero, como amante de este maravilloso y cruel deporte, por respeto a tantos amigos y desconocidos bolsilludos que leen estas humildes y disparatadas notas, por el mismísimo Juan Ramón Carrasco a quien como notarán considero gran técnico y bastión de este auge del fútbol oriental, reconocer y felicitarlos por tan merecido triunfo. Nobleza obliga. |