Montevideo, Jueves 17 de Mayo

Urugol

A un click del gol

¡¡ÚLTIMO!!
Felipe Castro
Viernes, 01 de Abril de 2011 16:52


Por Felipe Castro

 

Son pocos los que no han pegado ese grito en alguna cancha, en algún campito o en cualquier lado donde se juegue un partido de fútbol.  Nadie quiere, es como una maldición.  Es el precio que hay que pagar por ser nuevo, por llegar tarde, por estar más gordito que el resto o por correr más lento que los demás.  Sin contar al juez, el golero es el participante del partido que más difícil tiene las cosas.   Por eso ese lugar, hasta por las chauchas es el que no quiere casi nadie.

 

 

Decir que es el puesto más ingrato de este deporte es caer en un lugar común.  Yo voy a agregar que ser arquero de fútbol es ocupar el puesto más ingrato del universo de juegos deportivos que existen.   Primero porque golero no hay en todos los deportes, y segundo, a los que  si tienen, no se les da ni la centésima parte de importancia que se le da al fútbol.  

 

 

No se me ocurre cómo puede ser un gol bobo en el handball por ejemplo, y de ocurrir, podrá repercutir mal en el propio arquero que lo sufre, en el resto de su equipo y en no mucha gente más.  No creo que se le pueda exigir mucho a un arquero de wáter polo o a uno de hockey.  Al primero porque flotar permanentemente ya me parece suficiente destreza como para exigirle también que agarre la pelota.  Y al segundo porque el tamaño del útil con el que se juega lo exime de cualquier error que pueda cometer.

 

 

Debo aclarar que este último párrafo está mucho más basado en la intuición y en el desconocimiento absoluto de los mencionados deportes que en una exhaustiva investigación de los mismos, y que sólo contribuye para darle fuerza a la idea de que la cagada de un golero de fútbol puede ser nefasta para él, para su equipo y para toda una sociedad.

 

 

También es cierto que es inagotable la cantidad de muchachos que no se amedrentan con lo trascendente que pueden ser sus errores y siguen ocupando ese puesto sin solución de continuidad.  Puede explicarse porque es necesario que todo equipo cuente con un golero.  

 

 He leído sobre un campeonato en Burkina Faso que se jugó sin golero, luego que en una Copa Africana el gurdameta de la selección de dicho país se comiera un gol por los caños tras un pase suave y corto de un compañero en el último minuto de descuento.  Al parecer nunca más se pudo saber el paradero de dicho arquero, y este hecho caló tan hondo en sus colegas que para el campeonato local siguiente nadie quiso ocupar ese puesto.  Se jugaron las tres primeras fechas, pero ante la catarata de resultados abultadísimos como 342 a 127, 89 a 31 y hasta un 1514 a 903, un 6 de octubre inolvidable para el fútbol africano, se decidió suspender el torneo.

 

 

Obviamente hay goleros que han quedado en la historia por sus magníficas actuaciones en clubes y selecciones, siendo objeto de leyenda en muchos casos.  Yashin, la araña negra por ejemplo, golero ruso que cautivo multitudes en las décadas del 50 y del 60.  El propio Ladislao Mazurkiewicz, arquero aurinegro que debutó con 16 años en la Celeste.  O Manga, o uno de los héroes de Maracaná, Don Roque Gastón Máspoli.

 

Lo que el público futbolero que no vio a estas figuras tiene clarísimo, es que por más cracks que fueran, se tienen que haber comido goles bobos como cualquier gordito de la Liga Universitaria.  Es probable que el Toto DaSilveira y toda su comitiva juren y perjuren que no es así, y que antes los goleros tal cosa y que antes los goleros tal otra, defenestrando todo lo que sucede ahora casi como por deporte.  Usted y yo sabemos que tienen que haberse comido goles pelotudos sin ninguna duda.  Porque es parte del hecho de ser golero la cantidad de goles bobos que se comen a lo largo de su carrera.

 

Se ha tratado incluso de hacer un raconto de goles bobos para descubrir cuál arquero es el que mayor cantidad de goles al pedo se ha comido.  En Turquía por ejemplo, se llegó a una cifra casi exacta de la que se desprendía que Ilkaus Marinik, arquero que incluso tuvo un brevísimo pasaje por el Galatasaray hasta que se comió un empate antes del entreacto por estar conversando con un alcanzapelotas que resultó ser el hijo de una antigua vecina muy querida, recibió 228 goles absolutamente evitables en 12 años de carrera.  Las consecuencias de dicho experimento derivaron en la necesidad de Ilkaus y toda su familia de abandonar para siempre Turquía dada la inagotable cantidad de bromas de las que diariamente eran víctimas todos los Marinik.  Por consiguiente, la propia FIFA prodigó la no realización de dicho estudio.

 

 

No necesitamos irnos tan lejos en el tiempo para encontrar arqueros que nos recuerdan un sinfín de goles al cuete.  Carlitos Nicola fue en baluarte en lo que a goles bobos se refiere durante el último quinquenio aurinegro.  Cómo olvidar aquel tiro del Gato Romero de media cancha que se coló despacito contra el palo zurdo.  Y como buen manya que soy debo admitir que sufrí horrible cuando Salgueiro y Biglianti se repartían el arco aurinegro y también se repartían los goles inverosímiles.

 

 

El último GRAN GOL BOBO, premio que se otorga sin que muchos lo sepan, lo ganó el magistral Sebastián Viera luego de que Dani Alvez le hiciera un gol del peaje, cual profundo homenaje a la Venus de Milo.  

 

 

Pero los errores de nuestros goleros celestes han tomado tal trascendencia que pocas veces en la historia de este deporte se le ha dado tanta importancia al puesto más ingrato.  Y es lógico, ya que la selección del Maestro es un orgullo para todos los uruguayos, y que con el cuadrazo que tenemos, con la ilusión que nos genera a todos ver una delantera terrible, un mediocampo salvaje y una defensa asesina, tenernos que fumar a Muslera o a Castillo en un ataque de nervios e inseguridad, repercute en nuestro temple como una patada bien dada en el que te dije.

 

 

Debo decir sin ánimo de subirme al caballo que he repetido en más de una nota sobre la selección (los invito a leerlas clickeando donde dice mi nombre en la página principal) que entiendo pertinente que se le dé una oportunidad al bueno de Martín Silva, que hace años se viene atajando todo en Defensor.  Claro, puede ocurrir que el sábado se coma un gol increíble con Danubio y se maten de risa de esta opinión.  

 

 

Es que el puesto de golero está directamente identificado con los goles bobos.  Nosotros teníamos un arquero en el Guayaquí, el cuadro de mi barrio, que se llamaba Pedro.  Era un personaje maravilloso al que hace bastantes años que no veo.  Tiene en su haber unas cuantas anécdotas que son de lo más curiosas.  En la Liga Punta Carretas lo suspendieron por 13 partidos y eso que no le pegó a nadie.  Una vez hizo un gol luego de salir con la pelota jugada desde nuestra área y después de eludir por la punta derecha a casi todo el equipo rival.  Y en una oportunidad, recién casado, los suegros le dieron la plata para comprarse un juego de dormitorio y se la gastó en una mosqueta por 18 de Julio.

 

 

Pero la más grande del Pedro fue la de los guantes de lana.  Jugábamos un campeonato  en el Carlitos Prado, un club de Baby Fútbol del Prado, donde creo sigue habiendo un teatro de verano precioso que supo ser un hermoso tablado en épocas gloriosas de nuestro carnaval.  Pedro había perdido sus queridos guantes de golero y decidió suplirlos por un par de guantes de lana, los que estaba utilizando ese invierno para repartir carne en bicicleta.  

 

 

El Maraca, un amigo de toda la vida que no jugó en Italia porque no le gustaba practicar, le empezó a insistir fervientemente que era una locura atajar de guantes de lana:

    * Pedro cómo vas a atajar de guantes de lana, se te va a escapar la pelota nene.
    * Callate Maraca, no puedo atajar sin guantes.  Vos quedate tranquilo.
    * Pero cómo querés que me quede tranquilo, se te va a escapar la pelota.
    * No se me escapa Raulo (el Maraca se llama Raúl), vos jugá y cállate la boca.
    * Se te va a escapar nene, atajá sin guantes.


Y esta charla duró todo un 181 desde Rivera y Luis Alberto de Herrera hasta Coraceros y Castro.  La misma se volvió a repetir mientras nos aprontábamos para jugar.

    * No te pongas esos guantes Pedro, vos sos tarado, ¿cómo vas a atajar de guantes de lana?
    * Ta, ta, ta Maraca.  Hacé los goles y dejame que yo me arreglo.


El partido comenzó y la puja continuaba cada vez que había un respiro.  Luego de cinco o seis minutos que el fragor de la batalla hizo que estas dos figuras olvidaran su discusión, el Flaco Gerardo se dispone a sacar un lateral desde nuestra zona defensiva derecha.  No tiene mejor idea que pasársela al Pedro, que trata en un solo movimiento de agarrarla y pasarla a la izquierda.  Pero la pelota, obviamente a causa de los famosos guantes, se le escapa y se mete despacito en nuestro arco.  1 a 0 ellos.
Se podrán imaginar la cara de todos nosotros al comernos un gol por tamaña estupidez, e imagínense la furia del Maraca que le gritó a su viejo amigo:

    * ¡¡¿qué hacés Pedro?!!


A lo que el Pedro contestó:

    * ¡¡ Y qué querés con los guantes de mierda estos!!

Juro por dios que esta historia es absolutamente cierta y también juro que nos empezamos a reír de tal forma que el partido demoró varios minutos en reanudarse.  Nunca me voy a olvidar de las caras totalmente desconcertadas del juez y de los rivales al vernos, en vez de recontra calientes,  revolcados por el suelo descostillándonos de risa.

 

Por eso repito: el gol bobo y el golero es una unión indisoluble.  Es cierto, cuando se repite mucho y perjudica la confianza del jugador que debe tenerse más fe y mantener el mayor grado de tranquilidad dentro de la cancha, es una macana que el técnico debe solucionar.  Más jugándonos la vida, volviendo a demostrarle al mundo quienes somos.  Y aunque muchos de nuestros periodistas ya se hayan olvidado de lo que pasó en el Mundial y empiecen a abrir el paraguas diciendo que es casi imposible, Uruguay es el candidato lógico para ganar la Copa América.  Es el que tiene armado el equipo, tiene una delantera que no tiene ningún país del mundo y la gente va a cruzar el Charco para volver a dar la vuelta en la casa de nuestros queridos vecinos.  

 

 

Lo que tenemos que solucionar es el tema del golero.  Ese ingrato puesto que hace que el primer grito que se siente cuando se entra a la cancha en un partido en el barrio, sea el de ¡último!  Claro, siempre y cuando el partido no sea de arco chico.  Ahora que pienso…¿no se podrá pedir eso en la Confederación?

 
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