| Felipe Castro |
| Martes, 31 de Agosto de 2010 16:35 |
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No me va a negar que luego de la gigante actuación de la Celeste en tierras africanas, el gran objetivo que tiene por delante el fútbol uruguayo es volver a ganar en Brasil la Copa del Mundo. No, no me venga con chiquitajes, hay que salir campeón. Y no se preocupe que ya aprendimos que tener como objetivo salir campeón no quiere decir desesperarnos hasta la locura, quejarnos y denigrarnos a nosotros mismos si no ganamos todos los partidos de la Eliminatoria ni nada de eso. Hemos aprendido que las cosas las tenemos que ir formando de a poco, y que todo contribuye a dar pasos importantes para alcanzar objetivos grandes.
Además Uruguay salió cuarto, y no nos quedó muy lejos el trofeo. El mundo entero volvió a saber quiénes somos y cuáles son las características que nos hacen un rival de temer. Pero tampoco caeremos en el error que cometimos durante 60 años de pensar que con eso basta. Los uruguayos nos damos y nos damos la cabeza contra la pared hasta que un día no lo hacemos más, y ahí está la A.U.F. haciendo malabares para continuar con la tarea del Maestro.
Pero como decía, todos los pasitos, por más cortos que sean, son importantes. Y hay uno que no depende del Maestro, depende de toda la dirigencia futbolística, pero esta se sentirá mucho más presionada a darlo si todos los actores de nuestro principal deporte se ponen de acuerdo para reclamarlo. Hablo de jugadores, técnicos, periodistas y principalmente los socios de los clubes que son los que definen lo que las dirigencias hacen.
Las canchas muchachos, las canchas. Estuve viendo partidos de estas dos primeras fechas y la diferencia entre los encuentros que se jugaron en canchas bien y los otros, es determinante para el espectáculo en sí, pero principalmente para un punto en el que nuestro fútbol local está en el debe hace años: la velocidad del juego.
Los partidos de Liverpool ante Defensor y Rampla fueron diametralmente distintos a los que jugó Danubio por ejemplo. Tanto el Franzini como Belvedere, sensacional. Y se dieron dos partidos entretenidos, no una maravillosa exhibición futbolística pero si vibrantes, intensos, con llegadas para ambos lados y con muchos goles. Pero a Danubio le pasó exactamente lo contrario. Jardines no está como en otras épocas. El pasto está alto e irregular y jugadores como el brasilero al que se le notan cosas ricas, o Perrone, o Mena que basa su juego en la rapidez y necesita hacer rápido las cosas para poder desequilibrar, se tienen que preocupar demasiado de cómo pica la pelota, por donde corre y por donde no.
El Tróccoli está muy mal. Y para ponerme a todo el barrio en contra, debo decir que el Olímpico tampoco está nada bien. Esto va en perjuicio de jugadores como Caballero, que por algo lo quería Peñarol, y Richard Nuñez, por ejemplo. Rampla intentó tirar paredes, llegar tocando. Pero su principal rival no eran los zagueros darseneros sino la cantidad de movimientos y acomodos que debían hacer cada vez que la recibían y cada vez que querían tocar.
Le dije esto al Tano, un vecino de mi barrio, y me contestó la típica: “antes jugábamos en unas canchas de mierda y les ganábamos a todos”. Bueno, el Tano está cayendo en esos errores de hace 60 años que dijimos que no podemos volver a cometer. Aquellos campos recibían jugadores que en su gran mayoría, comparados con los de ahora, eran gordos. Mi viejo pasó toda mi vida contándome que el Tito Goncalvez la agarraba y daba vueltitas por el círculo central como si estuviera en el living de la casa. A mi abuelo Lazaroff que tiene un montón de años le pregunté en el mundial si el Ruso era como Obdulio. Les doy un párrafo para pensar la contestación.
Me dijo que eran exactamente iguales; les ponés un camión con acoplado en frente y se lo llevan por delante. La diferencia, me dijo, es que Obdulio hablaba mucho más, ordenaba y mandaba todo el tiempo. Pero también agregó que a la velocidad que se juega ahora, y con lo que corre el Ruso, parece imposible que este pueda cumplir también esa función. Entonces no comparemos cosas incomparables. Hoy los jugadores deben llevar una dieta que en otras épocas eran solo de modelos. Y todo para poder soportar el intensísimo ritmo de juego.
Pues bien, convengamos que es más que difícil emparejar en algo los ritmos de juego, no de España ni de Italia, de Argentina y de Brasil, si se torna imposible jugar la pelota de primera; si para poder controlar el balón hay que tocarla cuatro veces y dejar que pique otras tantas. Y me parece que la única manera de solucionar definitivamente ese problema es si lo ponemos como prioridad uno para nuestro fútbol.
Con todo esto de la televisión, nos hemos pasado años arreglando tribunas que, a no ser en los últimos campeonatos, estaban casi vacías. Estamos poniendo la carreta delante de los bueyes. Estuve leyendo un precioso libro de la historia de las canchas de nuestro país, y en muchas de ellas se ven escenarios colmados de público. Pero no en tribunas de cemento. No en gradas de tres o cuatro escalones. Tampoco en tablones de madera…¡PARADOS EN EL PASTO!.
Estamos poniendo la carreta delante de los bueyes. Agrandar las tribunas lo tenemos que hacer cuando están llenas todas las canchas. Pero para que esto suceda, inevitablemente primero debemos arreglar eso, la cancha. Si lo que se ve en lo verde, que tanto pierden de vista las audiciones deportivas, no es bueno, es al reverendo pedo tener un estadio lujoso por equipo. Las tribunas son la consecuencia, deben serlo.
Desde mi humilde punto de vista entonces, ya que están tan preocupados para saber de qué manera el estado puede contribuir con el fútbol, yo le propondría a las autoridades que inviertan en ingenieros agrónomos, en semillas de invierno cuando es invierno, de verano cuando es verano. Eso, que parece una pavada, a los clubes les lleva muchísimo tiempo y dinero. Inviertan en eso, y les aseguro que va a ir más gente a las canchas.
Es cierto, el que es burro es burro y por mejor cancha que le pongan va a seguir chamboneando de lo lindo. Pero al que sabe, démosle la posibilidad de desplegar su juego de la mejor manera. No cambiemos incomodidad adentro por comodidad afuera. Yo he visto partidos con cuarenta cabezas adelante, y si es bueno lo que hay para ver me copo igual aunque tenga dolor de cuello por tres días. Pero también me he sentado cómodamente en una tribuna vacía, a ver como la pelota pica, pica, pica, pica, pica, para irme sin dolores pero con un aburrimiento soberano.
A mí me encantaría que ir a cualquier cancha sea un placer y poder ver el partido muy cómodo, en butacas de cuero. Pero para poder lograrlo debemos hacer que los equipos jueguen mejor. Y les aseguro que en el fútbol de hoy, jugar mejor tiene mucho que ver con la velocidad a la que se pasen la pelota los jugadores. La preparación física puede ser brillante, pero si después hay que andar tocándola seis veces antes de decidir, para lo único que sirve ese esfuerzo es para que se la saquen unos a otros.
Se le puede dejar este punto al Maestro y a la Selección para que lo resuelvan ellos. Para mí es un disparate. Tabárez se la pasa hablando del ritmo de juego y más allá de Arévalo, nos dimos cuenta que, como en tantas otras cosas tiene razón. Facilitémosle la tarea entonces, al Maestro o a quién sea, colaborando todos para que las canchas estén bien. Gasten en eso. Después si hay que levantar una tribuna, sobraran las manos de los hinchas para hacer material, cargar baldes, levantar varillas y todos los menesteres de la construcción. Pero cuesta mucho tener un césped de nivel, y para eso hay que tener gente que sepa y que cuente con todo lo necesario para trabajar bien.
Si en lo verde se puede jugar a un toque, hacer paredes y patear sin que la de cuero esté dando saltos como una loca, si la tele muestra taludes de pasto con gente parada, no tiene nada de malo. Nuestro fútbol es eso y también es cuarto en el Mundial. Les aseguro que no cambio ningún palco lujoso por estar debajo de los árboles en el Saroldi una tarde soleada como la del 25 pasado. |