| Felipe Castro |
| Miércoles, 18 de Agosto de 2010 13:19 |
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Danielito es viajante. Por si alguno no sabe, viajantes son las personas que se dedican a vender a lo largo y ancho del país. Son los que realizan la venta de un sinfín de productos para que en algunos casos después vaya quién despacha, o en otros ellos mismos repartan la mercadería. El protagonista de esta trágica historia vende alimentos para mascotas de una reconocida marca. Él va en su Fiat Uno gasolero del 95, concreta la venta, para que a los pocos días vaya el camión recorriendo su mismo camino, dejando en almacenes, supermercados, veterinarias y otros negocios el tan ansiado alimento de nuestros compañeros inseparables. Un trabajo como cualquier otro, que tiene como particularidad, el de tener que dar vueltas y vueltas por la patria, en algunas oportunidades estando alejado del hogar por varios días.
El viernes pasado Danielito marchó rumbo a Treinta y Tres, su primer destino. De movida y como un augurio del duro trayecto que le esperaba, paró a tomar un refresco pasando Minas, a la orillita de un arroyo que cruza la Ruta 8. Se desvió por el caminito lindero a la ruta y en la bajadita pinchó. Si, aunque no lo crean, a pocos kilómetros de Montevideo ya debía cambiar un neumático. “Para qué miércoles paré si hace un rato me partí la boca con un suculento desayuno”, se dijo, y comenzó la habitual pero antihigiénica tarea de cambiar la rueda.
A la media hora ya estaba de nuevo por la 8 rumbo a su primer destino. Era un tipo muy cuidadoso del coche, su herramienta de trabajo, y contaba con todo lo necesario ante cualquier imprevisto de este tipo. A los pocos kilómetros ya pensaba en lo que el domingo le depararía y comprendió que nada podía quitarle la sonrisa de su rostro, esa que lo acompañaba desde que sonó el despertador. Concretó en Treinta y Tres dos o tres lindas ventas y cuando se estaba subiendo al auto para partir, una señora con un perrito de apesadumbrada mirada lo detuvo.
“Usted envenenó a Lambeta” espetó con evidente ira la señora. Danielito, atónito ante tal agravio, pensó que la señora estaba equivocándose de persona y con la sonrisa de todo el día, le dijo que seguramente se trataba de una confusión. La señora más indignada aún y ante la inerte mirada del perrito, sacó de una chismosa una bolsa de alimento de la marca que vendía Daniel, y se lo tiró en la cara a nuestro personaje. Entre el susto, el dolor y la cantidad de pastillitas que cayeron dentro del auto, ensuciando el mimado y pulcro Fiat del 95, nuestro hasta ahora pacífico personaje sintió unas ganas terribles de tomar del cuello a la señora.
Eso, por supuesto, no fue lo que hizo, pero sí soltó un “pero qué hace” en un volumen un poco fuerte para dirigirse a una señora mayor a las dos de la tarde, en Treinta y Tres y ante decenas de espectadores que orejeaban la situación. Lo peor es que la señora, en vez de seguir con la disputa, soltó a su demacrada mascota, se sentó en la vereda y se puso a llorar desconsoladamente, lo que hizo que el público, que ya sumaba más de veinte transeúntes, se pusiera del lado de la señora y empezara a mirar con muy malos ojos al bueno de Daniel.
Para colmo de males, el perrito aprovechando su inesperada libertad de la fastidiosa correíta, corrió hacia la calle y fue levemente llevado por delante por un veterano que pasaba en bicicleta. Los aullidos exagerados del can, hicieron que la señora al grito de “Lambeta, Lambeta, qué te hicieron” continuara con su llanto y comenzara a patalear en la vereda como una niñita caprichosa. Ya las miradas que recibía Daniel eran de profundo odio y empezaban a ser acompañadas por algunos improperios. Hasta la propia Policía se hizo presente y las conjeturas que los vecinos hacían delante del oficial y del propio Daniel, hablaban de que la señora había sido atropellada por “este señor”, que la había querido robar, incluso que le quiso secuestrar al perro, en fin. Un montón de argumentos que nada tenían que ver con la realidad.
Cuando ya el oficial haciendo caso omiso de las explicaciones de Daniel, con el insoportable llanto de la señora y el quejido irritante de la perrita de fondo, comenzaba el procedimiento de detener y esposar al viajante, el dueño de la veterinaria donde Daniel había concretado su última venta salió de su negocio, levantó a la señora, la abrazó y empezó a aclarar el mal entendido. “Doña Hilda – le dijo a la anciana - Lambeta tiene 23 años Doña Hilda. ¿Qué tiene que ver este pobre hombre con el malestar de su perrito? Yo sé que lo quiere mucho, pero en algún momento la va a quedar Doña Hilda…no, no usted Doña Hilda, Lambeta”.
Daniel, para no interrumpir la calma que empezaba a generarse, se llamó a silencio, y con su mejor sonrisa, esa que volvía a florecer, se subió al Fiat e hizo mutis por el foro. Por el retrovisor logró ver como la señora volvía a romper en llantos y comenzaba a dar chismosazos al veterinario, al policía y a varios de los ocasionales presentes. Su sonrisa se transformó en carcajada, y ni la cantidad horrorosa de pastillas para perro que estaban desparramadas por su amado coche, ni los escupitajos de los indignados vecinos que adornaban todos y cada uno de los vidrios, lograron entristecer al hombre que sabía que el domingo se acabarían las penurias y estaría donde hace meses quería estar.
Desanduvo la Ruta 8 hasta el empalme con la 14, para dirigirse hacia Durazno, donde además de visitar un par de clientes, pasaría la noche. Apenas pasado Sarandí del Yi sintió que el Fiat se le iba un poquito a la derecha. “Espero no haber pinchado de nuevo” se dijo. Detuvo el auto en la banquina y al bajar, no solo vió que la delantera derecha estaba en llanta sino que también recordó que con todo el lío de la señora y el perrito, había olvidado arreglar la rueda del primer pinchazo. Por más precavido que se sea, no hay demasiado espacio en un Fiat Uno para dos auxiliares. Danielito hizo fuerza por mantener su permanente sonrisa, y rueda en mano, se dispuso a caminar los tres kilómetros que se había pasado de Sarandí del Yí para arreglar su neumático.
Logró arreglar la goma pero, como para que la aventura sea cada vez más funesta, el de la gomería no tenía cambio de mil, y tuvo que esperar cerca de 45 minutos a que el paciente y parsimonioso gomero le devolviera los 920 pesos que le correspondían. En su vuelta al coche decidió hacerle dedo a una vieja Ford que a no más de 40 kilómetros por hora pasaba en su misma dirección. Muy amigable el veterano chofer, le hizo un lugar en la caja a la rueda, y adelante, junto a su señora, a Danielito.
Todo parecía que se solucionaba, ya que no tenía que andar cargando todo aquel trayecto la famosa rueda. Pero de repente la vieja Ford se detuvo. En el momento que empezaba a decirse para sí mismo “lo único que me falta es tener que empujar”, la señora, en voz muy bajita y mientras el marido le daba y le daba infructuosamente al arranque, le dijo “mijo, va a tener que empujar, vió”. Allá bajó Danielito, y pensando en el domingo, empujó la vieja máquina con alegría. La camioneta, después de ser empujada cerca de doscientos metros, arrancó. Daniel, sin perder la sonrisa y haciendo comentarios divertidos, pero espantosamente sudado, volvió a subir a la cabina. No le cayó nada bien que la señora, quejándose de su aroma, lo mandara a la caja con la rueda, pero era tal su buen humor por lo que aquel domingo esperaba, que prosiguió su viaje en la caja de la vieja pick up, con un frío horroroso y soportando el lamentable olor a aves de corral.
Por segunda vez en el día cambió la rueda de su Fiat, y al subir para finalmente proseguir su viaje rumbo a Durazno, se dio cuenta que algún paysano oportunista le había abierto la puerta del acompañante y que su radio no estaba. “Bueno – se dijo – era media berreta. Si meto un par de negocios más me compro otra”. Y siguió su derrotero por la difícil Ruta 14 rumbo al oeste.
Cuando llegó a Durazno, los negocios que tenía planeado visitar estaban cerrados. Es más, la casa de electrodomésticos donde pensaba comprar su nueva radio también estaba cerrada, así que resignado, se encaminó al hotelito donde solía pasar la noche por aquellos lares. Pero aquel viaje estaba destinado a ser insoportable, y Danielito no encontró lugar en el hospedaje de siempre y tuvo que gastar una fortuna en un hotel.
Con muy poca plata por haberse caído las ventas que realizaría en aquel lugar, salió a un carrito callejero para alimentarse un poco, recordando que por el sinfín de sucesos bochornosos de aquel viernes, seguía solo con el desayuno. Mientras comía su chorizo pensaba en el domingo siguiente. Cualquier vicisitud que ocurriera no podía ser tan importante. Le interesaba muy poco no hacerse de mucho dinero inmediatamente, no le importaba caminar con una o mil ruedas cientos de kilómetros. Menos se alteraba porque el Fiat, que antes olía a un delicado perfume a frutas tropicales, ahora fuera una especie de basural andante, lleno de comida para perros y de moscas.
La noche no fue mucho mejor que el día. Entre el malestar de vaya a saber qué condimento podrido con que aderezó el chorizo, la sed terrible que sufría porque se había roto una tubería del hotel y no había agua, el ruido que causaban los sanitarios que entre las dos y las cinco de la mañana trataban de solucionar el problema de la tubería, los gritos y las quejas de los otros huéspedes y las respuestas con insultos del conserje, fue poco lo que pudo descansar.
Pero a la mañana siguiente, bien temprano, rumbeó para la estación para arreglar la primera goma rota y para lavar el amado Fiat. A las nueve y media ya había dejado atrás Durazno en su gasolero recién limpito, sin insectos y con la auxiliar pronta para un nuevo pinchazo. Decidió no visitar a sus clientes ya que, como venía la mano, tenía miedo de perder los que le esperaban en Trinidad y en Paysandú, su último destino. Quiso llamar por celular a los negocios duraznenses para avisar que pasaría otro día, para que no se vayan a pensar que los olvidó, pero el celular habíase quedado sin batería. “Ta, ta, ta – repitió en voz alta – ayer fue ayer y hoy es hoy, así que la mala liga ya fue”. Además el domingo…el domingo.
De una estación de servicio ya casi en Trinidad logró comunicarse finalmente, pero no fue grato escuchar que uno de sus clientes no lo atendió y el otro le dijo que lo quedó esperando todo el viernes y como no fue, cambió de marca. “Que se jodan” se dijo y pensó que poco le importarían estos giles cuando mañana estuviera donde hace ya tanto tiempo quería estar. Logró hacer sus ventas en Trinidad y le restó importancia a que otra vez no había comprado la radio del auto. “Mejor, así mañana es todo una sorpresa, todo me va a llamar la atención. Quienes están, quienes no”. Y con la infinita alegría que había podido con un montón de malos momentos, siguió su camino rumbo a la hermosa Paysandú.
Tampoco pudieron con su buen humor las tres horas de atascamiento que le llevó cruzar el puente del Río Negro donde por obras primero, y por un choque sin consecuencias graves después, se pasó largo rato pensando en el domingo y en que por salir apurado estaba otra vez muerto de hambre, sin desayunar y con un resto de dolor de estómago del chorizo de anoche. Tampoco le molestó mucho que el sanguchito que paró a comprar en Young, lo tuviera que ir comiendo a veinte por hora, detrás de una tropeada de un ingobernable ganado que no permitía que pudiera pasar. Hasta le causó gracia cuando al haber logrado rebasar a casi todos los animales, los troperos se burlaran de él haciendo quedar a las primeras reses exactamente delante del coche. Tocó un fuerte y largo bocinazo, y saludando aceleró con la sonrisa de siempre.
Era tan poco el tiempo que faltaba para aquel domingo, horas no más, que ver cerrados todos los negocios donde debía hacer las ventas en Paysandú no le perjudicó para nada su bienestar. Otra vez las demoras en la ruta lo habían retrasado, y de no ser por aquel supermercado frente al río que cerraba tarde, no hubiese tenido dinero ni para la nafta de la vuelta. Pero estaba abierto, hizo su negocio y marchó hacia el restaurante de un conocido sanducero, muy fiestero dicho sea de paso, y donde se comía de primera.
Ya al recibirlo nomás, Ruben, como se llamaba el dueño del restaurante, lo invitó a una fiesta singular. “Viniste justo Danielito, vos sí que tenés suerte” le dijo Rubén, a lo que Daniel sonrió sin contarle a su amigo que si era por sus últimos dos días, estaba radicalmente equivocado. Pero “mañana es domingo” pensó. Y sí, Ruben tenía razón, vaya si tendría suerte. Mañana se terminaban las penas, la espera, el aburrimiento.
La fiesta la organizaba un amigote de Ruben en su casa. No le pareció nada del otro mundo que hubiera asado, un rico tintillo para degustar y unos guitarristas que bordoneaban milonga de lo lindo. Lo que lo dejó absorto fue ver que, junto con César, estudiante de veterinaria y hermano menor de Ruben, cayeran a la fiesta 14 compañeras, hermosas todas y muy voluptuosas algunas, que estaban haciendo trabajo de campo en un establecimiento cercano a la capital sanducera.
Danielito, solterito y sin apuros, se puso a trabajar con una maragata que nada le envidiaba a las famosas vedettes del otro lado del Plata que bailan por un sueño, y que además de su exuberante belleza, se acercaba a él en forma directamente proporcional a los vasos de vino que se zampaba. Cuando la cosa ya estaba a punto caramelo, y la conversación era tan solo balbuceos con ambas bocas a una distancia de 1,6 centímetros, su mano derecha apoyada en la nuca de la maragata dejó al descubierto su reloj, y con él, la hora que marcaba.
No lo podía creer pero se tenía que ir. Eran las tres y media y sabía que tenía que estar a las nueve en Montevideo, sin falta. Debía llegar a su casa, darse un baño, aprontar el mate y marchar hacia ese lugar donde ansiaba estar hace tanto tiempo. No había ni maragata, ni porteña, ni turca que le pudiera quitar esa necesidad de lo que tanto esperó ver. Se levantó, saludó con la mano y se marchó. La única que suspiró alguna queja fue la maragata, ya que el resto de los presentes estaba cada uno metido en su baile con las diferentes futuras veterinarias, pero aquella se quitó la desazón empinando un nuevo vaso de aquel delicioso tinto.
Danielito había tenido el buen tino de no beber más que una o dos copas, y entre la calentura que le dejó la maragata y la expectativa de lo que en pocas horas iba a suceder, marchó más que despierto por la Ruta 3 rumbo a la capital. Con cada mojón aparecían los probables titulares. Con cada cartel señalador un vértice de área donde el botija Caballero podía recibir y generar la chance. Cruzó el Río Negro y pensó en un contragolpe a toda velocidad hacia la Chile. Cada empalme eran las marcas franjeadas que le trataban de salir al cruce.
Fue un viaje digno de una aventura fantástica. Con las primeras luces del alba aparecieron retazos de los calamitosos hechos que lo habían acompañado. Pero cuando el sol se hizo sentir en aquella mañana de domingo, comparó aquellas vicisitudes con la dura pre-temporada que debían sortear sus queridos valores para llegar al ansiado momento en la mejor de las formas.
En lo que no pensó fue en la radio, ni en la que le robaron allá por la Ruta 14 ni en la de su casa, que no prendió para no demorarse un instante y marchar rumbo a su querido Estadio Luis Tróccoli. No lo había querido mirar cuando pasó a su lado por los accesos un rato antes, para sorprenderse en el momento justo de las banderas, de la gente, de su gente. Esa gente con la que compartía cada fin de semana un rato de amor y de odio, de ilusiones y desesperanzas, de alegrías y tristezas. Esa gente que al igual que él, había tenido que esperar a que terminara el mundial, la preparación, los famosos pases, que nos hacían volver a la realidad después de la increíble actuación celeste en tierras africanas.
Pero nada se podía comparar con estar presente en un partido. Ni siquiera le importaba saber cómo habían salido el sábado River y Defensor. Tampoco le interesaba si de tarde Peñarol ganaba o perdía. Solo le importaba ver a su viejo y querido Cerro.
Ya cerca del estadio, le llamó la atención no ver el bullicio que generalmente hay cuando juega su equipo. Pero lo tomó como natural al tratarse de un domingo, tan temprano y en invierno. Pero cuando pasó el puente del Pantanoso se le vino el alma al piso. No había nadie, y no era que hubiera poca gente, no. Puertas cerradas, sin banderas, sin gente, nada. Por alguna razón, Cerro y Danubio no jugaban aquella mañana.
Decidió llegar igual hasta el estadio y uno de los cancheros lo miró estacionar como si se tratase de un aparecido. “¿Qué pasó?” preguntó presuroso Danielito. “Se suspendió porque los jueces quieren que les den una plata, yo que sé. Por los jueces se suspendió” contestó el canchero, y se metió otra vez por la puerta principal del desierto escenario.
Danielito bajó del Fiat gasolero del 95, suspiró, y en vez de pensar en el perro, en la vieja, en el gomero, en los negocios cerrados, en el chorizo rancio, en el hotel de locos, en las vacas, en Ruben y en la maragata , pensó en Larrionda. Y se puso a gritarle, como si lo tuviera del otro lado del alambre, cualquier disparate. |